El gran inquisidor
Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos.
La multitud exclama: «¡Es Él, no puede ser nadie más que Él!» Se detiene en el atrio de la catedral de Sevilla. En este momento pasa por la plaza el cardenal que ostenta el cargo de gran inquisidor. Es un anciano de casi noventa años. A cierta distancia le siguen sus sombríos ayudantes y la guardia del Santo Oficio. Se detiene y se queda mirando desde lejós el lugar de la escena.
Señala con el dedo y ordena a su escolta que lo detenga. Tanto es su poder y tan acostumbrado está el pueblo a someterse a su autoridad, a obedecerle temblando, que la muchedumbre se aparta para dejar paso a los esbirros. En medio de un silencio de muerte, los guardias del Santo Oficio prenden al Señor y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina hasta tocar el suelo ante el anciano inquisidor, que lo bendice sin pronunciar palabra y continúa su camino.
Ignoro quién eres. ¿Eres Tú o solamente su imagen? No quiero saberlo. Mañana te condenaré y morirás en la hoguera como el peor de los herejes. Y los mismos que hoy te han besado los pies, mañana, a la menor indicación mía, se aprestarán a alimentar la pira encendida para ti. ¿Lo sabes?... Tal vez lo sepas. Y el anciano queda pensativo, con la mirada fija en el preso.
Hace quince siglos, ponías por encima de todo esta libertad, la de la fe. ¿No has dicho muchas veces: "Quiero que seáis libres"? Ya ves lo que son los hombres libres. Sí, esa libertad nos ha costado cara, pero al fin hemos conseguido completar la obra en tu nombre. No ha habido jamás nada más intolerable para el hombre y la sociedad que ser libres.
Sin nuestra ayuda, siempre estarían hambrientos. No existe ninguna ciencia que les dé pan mientras permanezcan libres; por eso acabarán por poner su libertad a nuestros pies diciendo:
"Hacednos vuestros esclavos, pero dadnos de comer." Habrán comprendido al fin que la libertad no se puede conciliar con el pan de la tierra, porque jamás sabrán repartírselo.
Ya ves el resultado de haber defendido esta libertad. Te lo repito: no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad que, por desgracia, se adquiere con el nacimiento. Mas para disponer de la libertad de los hombres hay que darles la tranquilidad de conciencia. El hombre que no tenga una idea clara de la finalidad de la vida, preferirá renunciar a ella aunque esté rodeado de montones de pan y se destruirá a si mismo antes que permanecer en este mundo. No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso.
El hombre es débil y cobarde. No importa que ahora se levante en todas partes contra nuestra autoridad y se sienta orgulloso de su rebeldía. Es el orgullo de los escolares amotinados que han apresado al profesor. La alegría de estos rapaces se extinguirá y la pagarán cara. Esos niños estúpidos advertirán que su debilidad les impide mantenerse en rebeldía durante mucho tiempo.
Por lo tanto, no has debido venir a entorpecer nuestra obra. ¿Por qué callas, fijando en mi tu mirada tierna y penetrante? Prefiero que te enojes; no quiero tu amor, porque yo no te amo. No hay razón para que te lo oculte. Sé muy bien con quién estoy hablando, pues leo en tus ojos que sabes lo que voy a decirte. No tengo por qué ocultarte nuestro secreto. Tal vez quieras oirlo de mis labios. Pues lo vas a oír. Hace ya mucho tiempo que no estamos contigo, sino con él.
Se levantará un nuevo edificio, una segunda torre de Babel, que sin duda no se terminará, como no se terminó la primera. La independencia, la libertad de pensamiento, la ciencia, los habrá extraviado en tal laberinto, colocado en presencia de tales prodigios y tales enigmas, que los rebeldes furiosos se destruirán entre sí, y los otros, los rebeldes débiles, turba cobarde y miserable, se arrastrarán a nuestros pies gritando: "¡Tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto. Volvemos a vuestro lado.
Salvadnos de nosotros mismos." Sin duda, al recibir de nuestras manos los panes, verán que nosotros tomamos los suyos ganados con su trabajo y que luego los distribuimos, sin realizar milagro alguno.
¿Pues quién mejor para someter al hombre que aquel que domina su conciencia y dispone de su pan? Aún transcurrirán algunos siglos de licencia intelectual, de vanos esfuerzos científicos y de antropofagia, pues en esto caerán los hombres cuando intenten terminar su torre de Babel sin contar con nosotros.
Nosotros les demostraremos que son débiles, que son infelices criaturas y, al mismo tiempo, que la felicidad infantil es la más deliciosa. Entonces se mostrarán tímidos, no nos perderán de vista y se apiñarán en torno de nosotros amedrentados, como una tierna nidada bajo el ala de la madre. Desde luego, los haremos trabajar, pero organizaremos su vida de modo que en las horas de recreo jueguen como niños.
Lo que te he dicho se cumplirá, y entonces habremos construido nuestro imperio. Te lo repito: mañana, a una señal mía, verás a ese dócil rebaño traer los leños ardientes a la pira sobre la que te pondremos por haber venido a entorpecer nuestra obra. Pues nadie ha merecido más que Tú la hoguera. Mañana té quemaré.
Fiódor Dostoyevski.
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