Crees en el Amor?

Sus ojos fueron lo primero que me llamó la atención. Yacían hundidos en sus cuencas y parecía que no podían dejar de mirarme. Todos los clientes de la casa de té me observaban con más o menos disimulo, con más o menos curiosidad, pero él era el más descarado. Como si yo fuera un ser exótico, uno que viera por primera vez. No habría sabido decir su edad. Su rostro estaba cubierto de arrugas; tendría al menos sesenta años, quizá setenta. Llevaba una camisa blanca amarillecida, un longi de tela verde y unas sandalias de goma.

De pronto, el anciano se incorporó y vino hacia mí. 
- Le ruego que me disculpe por dirigirme a usted con tanto descaro, joven dama -dijo, y tomó asiento a mi lado-. Mi actitud no es demasiado educada, lo sé, dado que no nos conocemos, o cuando menos no me conoce usted a mí, ni siquiera de vista. Me llamo U Ba y he oído hablar mucho de usted, aunque admito que eso no disculpa mi grosería. Supongo que le resultará incómodo encontrarse en un lugar desconocido, en un país desconocido y ante un hombre desconocido que de pronto le dirige la palabra; le aseguro que la entiendo, pero quería, o debía, ser sincero y confesarle que debo hacerle una pregunta. Llevo demasiado tiempo esperando esta oportunidad como para quedarme callado en mi asiento ahora que la tengo a usted delante. 

»Ha sido una espera de cuatro años, para ser exactos. He recorrido muchas veces, a primeras horas de la tarde, la polvorienta calle principal en la que se detiene el autobús que trae a los pocos turistas que se acercan a este lugar intentaba, en vano, encontrarla. 

»Se tomó usted tiempo. »No es que le reproche nada, por favor, no me malinterprete. Pero ya soy un anciano y no sé cuántos años más me serán concedidos. En nuestro país la gente envejece rápido y muere pronto. Mi vida se apaga lentamente y aún tengo una historia que contar; una historia que está hecha para usted. »Sonríe. Me toma por un chiflado, por un loco, por un ser extremadamente excéntrico, ¿no es así? Pues tiene usted toda la razón. Pero por favor, por favor, atiéndame. 
 
Soy plenamente consciente de ello, pero no puedo evitarlo, y me ha costado muchos años de vida aceptar lo que no puedo evitar. No permita que mi aspecto la trastorne y percibo en su mirada que se le acaba la paciencia. Discúlpeme, se lo ruego, y no me deje de lado. Al fin y al cabo no hay nadie esperándola, ¿me equivoco? Ha venido usted sola, como yo imaginaba. Concédame unos minutos de su tiempo. Quédese conmigo un poco más, Julia. »¿Se sorprende? Sus preciosos ojos marrones se vuelven aún más grandes, por primera vez me presta realmente atención. Está sorprendida. Se pregunta por qué conozco su nombre, si nunca nos hemos visto y es la primera vez que viaja usted a nuestro país. ¿Puede ser casualidad? 

Estoy al corriente de su nombre, del mismo modo que sé también el día y la hora de su nacimiento. Conozco la historia de la pequeña Jule, a quien nada le gustaba más que escuchar cuentos de boca de su padre, y hasta podría decirle, aquí y ahora, su cuento preferido. El del príncipe, la princesa y el cocodrilo.

Durante los últimos cuatro años no ha pasado un solo día en el que no pensara en usted. Se lo explicaré todo más adelante, pero ahora permita que le formule mi pregunta: ¿cree usted en el amor? »Se ríe. Qué hermosa es usted. Hablo en serio. ¿Cree en el amor Julia?

Evidentemente, no me refiero a aquel arrebato de pasión que creemos que nos durará toda la vida, que nos mueve a decir y hacer cosas que al cabo del tiempo lamentamos, que nos hace suponer que no podemos vivir sin una determinada persona, que nos lleva a temblar de miedo al pensar que podemos volver a perderla. 

Aquel sentimiento que nos vuelve más pobres, no más ricos,  porque queremos poseer lo que no podemos poseer, queremos retener lo que no podemos retener. Y tampoco me refiero al deseo físico ni al amor propio, parásitos que gozan al camuflarse de amor desinteresado. 

Hablo del amor que devuelve la vista a los ciegos. Del amor que es más fuerte que el miedo. Hablo del amor que dota a la vida de un sentido que no atiende a las leyes de la caducidad, que nos hace crecer y no conoce fronteras. Hablo del triunfo del ser humano sobre el egoísmo y la muerte.

No me sorprende. Yo tampoco lo conocía, hasta que la vida nos presentó sin querer.

¿Podían tener alas las palabras? ¿Podían deslizarse por el aire como mariposas? ¿Podían llevarnos consigo, transportarnos a un mundo diferente? ¿Podían dejarnos temblando, como las fuerzas de la naturaleza que sacuden la Tierra? ¿Podían abrir hasta las últimas cámaras secretas de nuestra alma? 

No sé si las palabras solas son capaces de todo eso, pero desde luego sí lo son acompañadas de voz, y aquel día ella tenía una voz que quizá solo logremos modular una vez en la vida.

“No soy un hombre religioso, el amor, el amor es la única fuerza en la que creo de verdad.” Estas fueron sus palabras.
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Puede que la propia noche o el calor húmedo me despertó de súbito, quizás un pensamiento, quizás un viejo reproche.

La voz de mi madre podía ser tan fría, tan dura… De pequeña me daba miedo. Hoy en día solo me resulta incómoda. Y un champán templado es una ofensa. -Me miró- Tú te los habrías tomado, ¿verdad? 
Asentí. 
- Tu padre también. Os parecéis en muchas cosas. 
- ¿A qué te refieres? -le pregunté. No parecía estar haciéndome un cumplido. 
- ¿Qué es lo que se me escapa? ¿Es vuestra humildad, vuestra pasividad, vuestro rechazo a los conflictos?

Aquello no era del todo cierto, pero no me apetecía enfrascarme en una discusión mayor. Me resultaba embarazoso quejarme, pero ceder me sacaba de quicio aún más. Me molestaba profundamente, y al final siempre me enfadaba conmigo misma por ser tan dócil. 

En el caso de mi padre era diferente. Su silencio era sincero. A él realmente no le importaba. Si alguien lo trataba mal o era maleducado, él consideraba que no era su problema, sino el del otro. Sonreía cuando alguien se plantaba delante de él en una cola. Jamás comprobaba el cambio. Mi madre, cada céntimo. Yo envidiaba su serenidad. Mi madre no lo entendía. Ella era severa consigo misma y con los demás. Mi padre, solo consigo mismo.

¿Es cierto que hay instantes en los que la vida decide tomar una nueva dirección? ¿En los que el mundo, tal como lo conocemos, deja de existir? ¿En los que, en cuestión de segundos, nos convertimos en personas completamente diferentes? 

O son apenas fases del luto o la conmoción tras las cuales seguimos viviendo con las mismas costumbres, preferencias y menosprecios, los mismos miedos y obligaciones, quizá solo distintos en apariencia? Y, si es cierto que existen esos puntos de inflexión, ¿somos conscientes de ellos en el momento en que suceden o solo tiempo después, al echar la vista atrás?

Estaba oscurecido cuando regresé a casa del trabajo. Me disponía a entrar en el ascensor cuando el portero me llamó desde el mostrador. 
- ¿Qué pasa? -le pregunté, con impaciencia. 
- Tiene correo
Después de ducharme saqué el paquete de la bolsa. Enseguida reconocí la letra de mi madre. De vez en cuando me enviaba sobres que pensaba que podían interesarme, o que creía que tenían que interesarme. Lo abrí y me encontré con un montón de fotos antiguas, documentos y certificados de mi padre, acompañados de unas líneas escritas por mi madre. 
Julia, encontré esta caja al desapolillar el desván. Se había caído detrás de la antigua cómoda china.

Jamás alcancé a entender cómo mi padre había llegado a tener tanto éxito. Trabajaba mucho, es cierto, pero al mismo tiempo no parecía tener ni la más mínima ambición personal. No era engreído y no le interesaba la fama de sus clientes. Su nombre jamás apareció en la prensa rosa y no acudió a ninguna fiesta; ni siquiera a los opulentos bailes de caridad que mi madre y sus amigas solían organizar. Parecía ajeno a esa necesidad tan propia de los inmigrantes de pertenecer a un lugar. Era un solitario. La imagen opuesta de lo que cualquiera habría imaginado al pensar en un abogado del mundo del espectáculo.
Antes de empezar una reunión solía cerrar los ojos y concentrarse en las voces de sus interlocutores. Como si escuchara una ópera. Pocas frases después sabía cuál era su estado anímico, percibía si estaban seguros de lo que defendían, solía decir. Era algo que había aprendido. Pero jamás quiso decirme quién se lo había enseñado ni cuándo ni dónde, por mucho que se lo pedí.

En el centro, una nota en la que inmediatamente reconocí la letra de mi padre. 

¿Cuánto vive el hombre, por fin? ¿Vive mil días o uno solo?
¿Una semana o varios siglos? 
¿Por cuánto tiempo muere el hombre? 
¿Qué quiere decir «Para siempre»? 
Pablo Neruda

Debajo de todo había un sobre de fino papel azul para correo aéreo, cuidadosamente doblado hasta quedar convertido en un pequeño cuadrado. Lo desdoblé y lo abrí. Tenía escrita una dirección: Li Li 38, Circular Road Kalaw (Shan) Birmania. Sentada a la mesa del apartamento de Manhattan, empecé a desdoblar aquella antigua carta de mi padre. Como si pudiera explotar entre mis dedos como una pompa de jabón. 

Querida Li Li:
Han pasado 5.864 días desde que escuché los latidos de tu corazón por última vez. ¿Tienes idea de cuántas horas son eso? ¿Cuántos minutos? ¿Sabes lo pobre que es un ave que no puede trinar, una flor que no florece? ¿Qué calvario sufre un pez al que le privan del agua? Es difícil escribirte una carta. He escrito ya tantas que al final no he enviado… ¿Qué podría decirte que no sepas ya? Como si nos hicieran falta la tinta y el papel, las letras y las palabras, para saber cómo nos sentimos. Tú has estado a mi lado todas y cada una de las 140.736 horas, sí, tantas ya, y seguirás estándolo hasta que nos reencontremos. (Perdona si verbalizo lo obvio, solo por una vez.) Volveré cuando llegue el momento. Qué sencillas y vacías pueden sonar a veces las más bellas palabras. Qué triste y desoladora debe de ser la vida para quienes precisan de ellas para entenderse, quienes necesitan tocarse, verse u oírse para sentirse cerca del ser amado. Quienes se obligan a darse muestras de amor, o a confirmarlo, para estar seguros de su existencia. Intuyo que estas líneas tampoco llegarán a tus manos. Ya hace tiempo que sientes lo que pretendo escribirte, así que estas cartas están, en el fondo, dirigidas a mí mismo, y son apenas intentos de apaciguar la nostalgia. La vida está íntimamente relacionada con el sufrimiento. Todas las vidas, sin excepción. Que las enfermedades son ineludibles, que envejecemos y no podemos esquivar a la muerte. Estas son las reglas de la existencia humana. Reglas válidas para todo el mundo, en todo el mundo, sin importar lo mucho que cambien los tiempos. No existe ningún poder capaz de liberar a los hombres del sufrimiento o de la tristeza que deriva de este razonamiento. Tan solo ellos mismos. 

Y pese a todo, mi padre repetía que la vida era un regalo que no debíamos menospreciar. Un regalo lleno de misterios, en el que la alegría y el dolor avanzaban inevitablemente juntos y en el que cualquier intento de acceder al uno sin el otro estaba destinado al fracaso.
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La confianza, era un lujo que Mya Mya no podía permitirse; de eso estaba profundamente convencida. Para ella no había calma ni paz. No en este mundo. No en esta vida, la suya. Fue algo que aprendió aquel día cálido, ardiente, de agosto, hacía ya diecisiete años. Cuando jugaban en el río, ella y su hermano gemelo. Cuando él resbaló en las escurridizas piedras. Cuando perdió el equilibrio y empezó a remar con los brazos, con la torpeza de una mosca apresada en un vaso. Cuando cayó al agua, que lo arrastró consigo. Al viaje. El eterno. Ella se quedó en la orilla y no pudo ayudarlo. Vio emerger su rostro una vez más, la última.

El día después del accidente, el astrólogo de la región dio otro sentido al sinsentido, el suyo propio. Los niños salieron a jugar hacia el norte, y no tendrían que haberlo hecho, teniendo en cuenta el día de su aniversario. Para ellos, aquel sábado de agosto el norte solo podía significar desgracia. Si se lo hubiesen preguntado a él, al astrólogo, antes de partir, los habría advertido de ello. Así de fácil es la vida, pensó ella entonces, a sus cinco años. Así de difícil. Con su hermano murió también una parte de ella misma para la que no hubo entierro.

Mya Mya, la medio muerta, estaba sola, y se pasó los años siguientes intentando poner orden en el mundo que se le había venido abajo. Cada tarde bajaba al río y se sentaba en el lugar desde el que vio a su hermano por última vez.

Ideó una tupida red de rituales y vivió para cumplirlos. Los rituales aportan seguridad. Desde la muerte de su hermano la familia ya no consultaba al astrólogo una vez al año, como de costumbre, sino casi cada semana. Se inclinaban ante él, escuchaban absortos todas y cada una de sus palabras y seguían sus instrucciones al pie de la letra, como si él pudiera protegerlos de todas las desgracias de este mundo.

Mya Mya escuchaba al astrólogo con más atención aún que sus padres. Veneraba al anciano, y, al atenerse a sus consejos, se sentía en cierto modo protegida. Para ella, nacida un jueves, los sábados eran días de infortunio, días en los que debía mantenerse a cubierto, principalmente en abril, agosto y diciembre. No hacía más que recordárselo a sí misma.

Mya Mya notó cómo se la llevaban por delante, quiso sujetarse a algo, un brazo, una rama, una piedra, pero no había nada para mantener el equilibrio. No quería a aquel niño. No aquel día. No un sábado de diciembre. A su vecina, que ya había traído a muchos niños al mundo, le pareció que fue un parto sencillo, y más tratándose de una primeriza.

Nadie podría decir que Mya Mya no se esforzó durante los primeros días de vida de su hijo. Hizo cuanto le dijo su vecina. Se lo puso en el pecho, su pecho lleno y rebosante, y lo alimentó con su leche. Lo acunó para que se durmiera y lo paseó cuando este no lograba calmarse. Pasó noches en vela, entre su marido y su hijo, comprobando si el niño cogía aire; escuchó la respiración rápida y breve del recién nacido y deseó con toda su alma tener la capacidad de sentir algo. Emocionarse cuando su hijo mamaba, cuando cogía uno de sus dedos con sus manitas arrugadas. Notar la llegada de algo que llenara el vacío de su vida. Lo que fuera.

Sobre su hijo pesaba una maldición. Era un mensajero del infortunio. El astrólogo lo había predicho. No debía dar a luz un sábado; no en diciembre.

Cuando Mya Mya propuso que fueran a pedir consejo al astrólogo, su marido Khin Maung estuvo inmediatamente de acuerdo, no solo porque era una de esas personas a las que les cuesta decir que no, sino porque esperaba que el anciano, en su sabiduría, lograra tranquilizar a su mujer, o, en caso de que los astros confirmaran sus temores, le explicara el modo de acotar, cuando no de erradicar, el infortunio con el que estaba amenazado su hijo.

- Nuestro hijo nació un sábado, hace tres semanas, y desearíamos saber si le amenaza alguna desgracia. 
 
El anciano cogió un lápiz y una libretita y le pidió que le dijera la fecha y hora exactas de su nacimiento. 

- Tres de diciembre, doce menos veinte -dijo Khin. 

El astrólogo escribió las cifras en la cuadrícula y empezó a hacer cálculos. Al cabo de unos minutos dejó la libretita a un lado, alzó los ojos y miró a Mya Mya y a Khin Maung. En su rostro no quedaba ni rastro de su anterior sonrisa. 

- El niño causará problemas a sus padres -dijo-. Grandes preocupaciones.
- ¿Qué tipo de problemas preguntó Khin Maung. 
- Todo tipo de problemas, principalmente de salud - dijo el anciano. 
- En la cabeza -dijo al fin. 
- ¿Dónde de la cabeza? -preguntó Khin Maung, 

Podía haber dicho a los padres qué más veía. Podía haberles hablado de las extraordinarias capacidades que ese niño iba a desarrollar; de la magia y de la poderosa fuerza que acogería su ser. Y del don del amor. Pero se dio cuenta de que Mya Mya ya no le escuchaba y Khin Maung no iba a entenderle, así que se limitó a decir: - En los ojos. 

La vida de Tin Win no había alcanzado siquiera los veintiún días, pero ya estaba, por lo menos a ojos de su madre, decidida. Vivida. Perdida. A partir de aquel momento se trataría solo de intentar sacarla adelante con cierta dignidad. No lo lograría.

La ternura era un lujo para Mya Mya, algo tan superficial como el agua caliente por la mañana o una sonrisa de despedida. La ternura era para los soñadores, o para aquellos que tenían tiempo, fuerzas y sentimientos en abundancia. Y ella no pertenecía a ninguno de aquellos grupos. 

Así fue como se apartó de la vida de su hijo; y se consoló con la idea de que solo era el primero de los muchos vástagos que, Khin Maung, tendría con Mya Mya, y que no todos nacerían un sábado de diciembre, abril o agosto. Khin Maung arrendó su campo y encontró trabajo como jardinero y caddy del campo de golf de los ingleses, que no solo estaba mejor pagado que el penoso trabajo en el campo, sino que además le permitía mantenerse lejos de casa también en la temporada de sequía, en la que los campesinos no tenían nada que hacer. A golf se jugaba siempre.

Había ingleses que tras su jubilación se quedaban en el país y se afincaban en alguna de las localidades montañesas. Un oficial inglés ordenó que le construyeran aquella villa para su retiro, pero, desgraciadamente, apenas dos semanas después de abandonar su trabajo al servicio de Su Majestad, acudió a una cacería de la que ya nunca regresó. 
 
Su viuda vendió la casa al tío de Khin Maung, que gozaba de muy buena reputación como productor de arroz en Rangún y había logrado amasar una considerable fortuna. Fue uno de los pocos birmanos capaces de hacerse respetar. Para él la villa no tenía un valor práctico. Hacía seis años que la tenía y todavía no había puesto un pie en ella; no era más que una muestra de su riqueza, un símbolo de su estatus cuya simple mención provocaba la admiración de cualquiera de sus socios en la capital. El cometido de Mya Mya y de Khin Maung era vigilar la mansión y mantenerla como si su dueño estuviera siempre a punto de llegar.

Mya Mya vio subir a los dos policías por la montaña. Era uno de esos claros y fríos días de diciembre. Mya Mya vio acercarse a los hombres, vio sus rostros y sintió un ataque de pánico. Era el sexto cumpleaños de Tin Win, y estaba firmemente convencida de que, en los días en que el niño cumplía años, debía estar preparada para cualquier tipo de catástrofe. ya era la tercera vez que le pasaba eso en su vida y que no tenía fuerzas para soportarlo. 

- Tu marido ha tenido un accidente -dijo el mayor. 
- Lo sé -dijo Mya Mya. 
- Ha muerto. 
Mya Mya se quedó callada. No se sentó, no lloró, no profirió ningún tipo de lamentación. Oyó a los hombres decir algo de un accidente; de una pelota de golf que el viento debió de desviar directa al cráneo. Muerto al instante. El inglés se hará cargo de los gastos del sepelio. Una pequeña compensación. Ni el más leve reconocimiento de culpa. 

Se dio cuenta de que esa no era la primera vez que lo culpaba de aquello. No se trataba solo de una desafortunada situación y relación entre los astros. Era Tin Win. Aquel niño que llamaba tan poco la atención, con su pelo negro y sus enigmáticos ojos, de los que nunca sabía decir si miraban o no. En los que no sabía leer. Era él. No es que le persiguiera la desgracia, no: la provocaba. La creaba. Mya Mya quiso marcharse. No quería volver a ver a aquel niño. 

Se convirtió en la viuda de luto, recibió a vecinos y amigos, organizó el entierro para el día siguiente, se quedó ante la tumba abierta de su marido y vio desaparecer el féretro de madera en su interior. 
 
Al día siguiente metió sus escasas pertenencias en una vieja bolsa para palos de golf que su marido trajo del club en una ocasión. Tin Win estaba a su lado y la miraba en silencio. 
- Tengo que ausentarme unos días -dijo ella, sin mirarlo. 
Su hijo calló. 
Salió de la casa. Su hijo la siguió. Se dio la vuelta y él se detuvo. 
- No puedes venir conmigo -dijo ella. - ¿Cuándo volverás? preguntó él. - Pronto -respondió ella. Mya Mya se volvió y se dirigió hacia la puerta del jardín. Oyó los pasitos de él a su espalda. Se dio la vuelta de nuevo. 
- ¿No has oído lo que te he dicho? -dijo, en voz alta y cortante. 
Su hijo asintió. 
- Quédate aquí. -Señaló el tocón talado de un pino-. Puedes sentarte y esperar a que vuelva. 
 
Tin Win se dirigió al viejo tocón y trepó a él. Desde ahí tenía una buena vista del camino que conducía a su casa. Mya Mya siguió caminando, y abrió y cerró la puerta del jardín sin darse la vuelta una sola vez. Con pasos rápidos, descendió por el camino que llevaba al pueblo. Tin Win la siguió con la mirada. La vio avanzar por los campos y desaparecer en el bosque. Aquel era un buen sitio. Desde allí vería regresar a su madre ya de lejos.
Tin Win esperó. 
 
Esperó todo el día y la noche que le siguió. Sentado sobre el tocón talado, no tuvo hambre ni sed; no, ni siquiera notó el frío que por la noche cubría montes y valles. Lo pasó de largo, como un ave que vuela sobre un calvero sin detenerse a descansar. 

Esperó al día siguiente y lo vio oscurecer también. Vio que la cerca, los arbustos y los campos se sumían de nuevo en la oscuridad. Miró a lo lejos, adonde estaba el bosque, que ahora apenas podía percibir difuminado. Por allí aparecería su madre; él la reconocería desde lejos por su chaqueta roja, bajaría del tocón, saltaría la verja y correría hacia ella. Gritaría de alegría y ella se arrodillaría, lo cogería en brazos y lo apretaría contra su cuerpo muy fuerte. 
 
Así lo había imaginado miles de veces, mientras jugaba solo y soñaba despierto, aunque ni su padre ni su madre se habían inclinado jamás para cogerlo en brazos, aunque él estuviera frente a ellos y rodeara las piernas con sus bracitos. Notaba lo mucho que les costaba tocarlo. Era culpa suya, de eso estaba seguro; era el castigo que merecía. Solo le faltaba saber por qué. En cualquier caso, deseaba que fuera cual fuese la falta que tuviera que expiar, la época de los pecados no tardara mucho en acabarse. Y ahora que su severo y frío padre estaba metido en una caja de madera y enterrado en un profundo agujero, su esperanza era mayor que nunca. La añoranza de su madre, la necesidad de recibir su amor, lo clavaron en el tocón y lo hicieron esperar pacientemente a que apareciera el punto rojo en el horizonte. 
 
Al tercer día la vecina se acercó, le dio agua y una fuente de arroz con verduras y le propuso que fuera a esperarla con ellos a su casa. Él movió enérgicamente la cabeza; no quería correr el peligro de perderse la llegada de su madre. No tocó la comida. Prefirió guardarla para ella, para comérsela a medias con ella cuando volviera, probablemente hambrienta tras el largo viaje. 
 
Al cuarto día sorbió un poco de agua. 

Al quinto día se le acercó Suu Kyi, hermana de la vecina, y le dio una tetera, más arroz y plátanos. Él siguió sin tomar nada, por pura preocupación. Su madre no podía tardar mucho más. Pronto, había dicho. 
 
Al sexto día ya no era capaz de distinguir los árboles. Veía el bosque difuminado, como si tuviera agua en los ojos.

Al séptimo día seguía allí sentado, rígido e inmóvil en su sitio. Cuando Suu Kyi lo vio pensó que había muerto.Tin Win no oyó a la mujer, no la vio. A su alrededor el mundo se había cubierto de una neblina blanca en la que él mismo desaparecía, lenta pero irremediablemente. Su corazón latía. Tenía suficiente vida en el cuerpo. Lo que ya no le quedaba era esperanza, y eso era lo que le hacía parecer como un muerto. Notó que dos manos lo acariciaban, lo levantaban en el aire, lo cogían en brazos y se lo llevaban de allí. 
 
Fue Suu Kyi quien se hizo cargo de él. Una mujer mayor y fuerte, de voz grave y una risa que no dejaba lugar a dudas: los reveses de la vida habían pasado a su lado sin dejar rastro. Su único hijo no sobrevivió al parto, su marido murió de malaria. Poco después de su muerte se vio obligada a vender la cabaña que acababan de construir y desde entonces vivía con unos parientes, que la acogieron con más resignación que alegría. A ojos de su familia era una anciana chiflada y extraña con una idea equivocada de la vida y de la muerte. Al contrario que el resto del mundo.

Ella amaba la vida. Tenía la firme convicción de que muy pocas cosas estaban decididas de antemano y de que la suerte podía ir a parar a cualquier persona. No podía decirlo en voz alta, pero todo el mundo conocía su opinión, que fue lo que la hizo convertirse en la primera aliada de Tin Win. 
 
Tin Win comprendió que las hojas, del mismo modo que las voces humanas, tenían su propio acento, y que en el caso de los crujidos puede hablarse también de matices,  como con los colores. Oyó ramas delgadas que se frotaban unas con otras, y hojas que se acariciaban. Oyó el follaje que caía a sus pies y se dio cuenta de que ninguna hoja se parecía a las otras, ni siquiera al planear por el aire. Las oyó zumbar y rezongar, sisear y silbar, susurrar y murmurar. Tuvo un presentimiento inaudito. ¿Existía un mundo paralelo al de las formas y los colores, un mundo de voces y sonidos, de ruidos y tonos? ¿Un mundo oculto a los sentidos, que nos rodea sin darnos cuenta y que resulta aún más emocionante y misterioso que el mundo de los que pueden ver? Había descubierto el don del oído.

Muchos años después, en Nueva York, recordó aquel instante de su vida, cuando se sentó por primera vez en una sala de conciertos y la orquesta empezó a tocar.

Tin Win pudo oír sus propios pasos, la respiración pesada de Suu Kyi, el coro y algunas gallinas cacareando. Pero nada más. No obstante, por primera vez en su vida había intuido algo de la vida y de sus misterios,  con una intensidad que podía doler y en ocasiones apenas lograba contenerse. Fue así como empezó, sin que él se diera realmente cuenta. Su mirada la conmovió. En ciertos momentos, cuando pensaba en la soledad del niño, en su indigencia, Suu Kyi apenas lograba reprimir las lágrimas. Odiaba aquel sentimentalismo. No quería compadecerlo, sino ayudarlo, y la pena no era buena consejera. 
 
Le resultó muy duro dejarlo en el monasterio, aunque solo fuera por unas semanas. U May se había ofrecido a hacerse cargo de Tin Win durante una temporada. Consideraba que la compañía de otros niños sería buena para él; que la meditación común y las clases, la paz y la rutina del monasterio podrían aportarle seguridad y confianza.

A menudo solía quedarse  sentado y se arrastraba hasta el monje U May y lo asediaba a preguntas.
- ¿Por qué no puedes ver? -le preguntó Tin Win en una ocasión. 
- ¿Quién dice que yo no veo? 
- Suu Kyi. Dice que eres ciego. 
- ¿Yo? ¿Ciego? Hace años perdí la visión, eso es cierto, pero eso no significa que sea ciego. Veo diferente, eso es todo. -Se quedó callado unos instantes y añadió-: ¿Y tú? ¿Eres ciego? 
Tin Win reflexionó brevemente. 
- Puedo distinguir entre claridad y oscuridad. Nada más.
- Lo esencial es invisible a los ojos. -Un largo silencio. Luego continuó-: A nuestros sentidos les encanta confundirnos, y los ojos son los más traicioneros de todos. Nos inducen a confiar demasiado en ellos. Creemos que somos capaces de ver cuanto nos rodea, pero se trata solo de la superficie. No accedemos a más. Deberíamos aprender a percibir la esencia de las cosas, su sustancia, y en ese sentido los ojos no son más que un impedimento. Nos despistan, nos ciegan. Quien confía demasiado en sus ojos descuida el resto de sentidos, y no me refiero solo a los oídos y el olfato. Estoy hablando de aquel órgano que vive en nuestro interior y para el que no tenemos un nombre. Llamémosle el compás del corazón.

Tienes que aprender a meditar sobre este asunto -le dijo-. Quien vive sin ojos debe mantenerse alerta. Parece más sencillo de lo que es. Debe sentir cada movimiento y cada respiración. En cuanto se despiste o se desconcentre, sus sentidos lo conducirán al error, le jugarán malas pasadas como si fueran niños traviesos que solo buscan llamar la atención. 

Si soy impaciente, por ejemplo, deseo que todo vaya más rápido y acelero mis movimientos, derramo mi té o mi cuenco de sopa; y no logro escuchar realmente lo que los demás me dicen, porque con el pensamiento ya estoy muy lejos de aquí. O si la ira hace mella en mi interior. 

En una ocasión me enfadé con un joven monje, y al minuto siguiente me quemé con el fogón de la cocina. No oí cómo crepitaba. No lo olí. La rabia había alterado mis sentidos. El problema no son los ojos o los oídos, Tin Win. Es la ira lo que te vuelve ciego o sordo. Es el miedo lo que te vuelve ciego o sordo. Es la envidia; la desconfianza. El mundo se encoge o se sale de quicio cuando te enfadas o sientes temor. Y no solo nos pasa a nosotros, sino también a los que ven con los ojos. La diferencia es que ellos no lo saben.

- ¿De qué tienes miedo? -le preguntó U May repentinamente. 
- ¿Qué te hace pensar que tengo miedo? 
- Tu voz.
- No lo sé -le respondió Tin Win en voz baja. Sólo tengo miedo del miedo y no soy capaz de enfrentarme a él. Es más fuerte que yo. 

U May le acarició las mejillas con las dos manos. 
- Todo ser humano, toda criatura terrestre, tiene miedo. Los hombres intuimos que no existe un lugar en el que podamos escondernos del miedo, pero aun así lo intentamos. Aspiramos a ser ricos y poderosos; nos hacemos ilusiones de ser más fuertes que los demás, intentamos dominar; a nuestros hijos y nuestras mujeres, a nuestros vecinos y amigos. El despotismo y el miedo tienen algo en común: son ilimitados.
Pero el dinero y el poder no vencen al miedo. Solo hay una fuerza superior a él; el amor. Y Tin Win le había respondido que no sabía lo que era eso, el amor. El anciano lo consoló. Lo encontraría. Lo que no podía hacer era buscarlo.

Suu Kyi cruzó el patio del monasterio. Lo encontró con un libro muy gordo sobre las rodillas. Sus dedos recorrían las páginas, tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia delante y sus labios se movían como si estuviera hablando consigo mismo. En esa misma postura lo encontraba cada miércoles, desde hacía casi cuatro años, cuando iba a recogerlo al monasterio. Cuántas cosas habían sucedido en aquel tiempo. U May le había repetido por milésima vez lo mucho que Tin Win había cambiado y el talento que tenía. Era su mejor alumno, el más disciplinado, tenía una capacidad de concentración inaudita y a menudo lo desconcertaba con una memoria, una imaginación y un talento para combinar que U May nunca había visto en un chico que aún no había cumplido los quince años.

El viejo monje le tenía tanto aprecio que al cabo de un trimestre empezó a darle clases particulares a primera hora de la tarde. Rescató de una caja varios libros escritos en braille que un inglés le regaló hacía ya muchos años y en pocos meses enseñó a Tin Win la lectura para ciegos. El joven leyó todo lo que U May había acumulado a lo largo de los años, y gracias a la amistad de U May con un oficial británico jubilado que poseía toda una biblioteca de braille porque su hijo había nacido ciego, el monje pudo proveer continuamente a Tin Win de nuevas lecturas.

- ¿Qué haces? -le preguntó Suu Kyi. 
- Viajo -respondió él. 
No pudo reprimir una sonrisa, pese a estar medio dormida. Hacía apenas unos días, Tin Win le había explicado que no se limitaba a leer los libros, sino que viajaba con ellos, que lo transportaban a otros países, a otros continentes, y que con su ayuda conocía a gente nueva; en algunas ocasiones, incluso, hacía nuevos amigos. Suu Kyi había movido la cabeza hacia los lados, porque en la vida que quedaba fuera de los libros el chico no era capaz de tener un solo amigo.

Tin Win se dirigía hacia el fogón de la cocina del monasterio cuando oyó un ruido que desconocía. Al principio creyó que alguien golpeaba un trozo de madera al compás de un reloj, pero el sonido no era lo suficientemente sordo ni fuerte para eso. Se trataba de un ritmo muy singular, muy monótono. Tin Win se detuvo, se quedó inmóvil. Conocía cada sala, cada esquina, cada viga del monasterio, y nunca antes había oído un sonido como aquel. Ni allí ni en ningún otro sitio.

Tin Win se dio la vuelta hacia el lugar del que provenía, y dudó. ¿Debía atreverse a ir en su busca? ¿Lo ahuyentaría, lo haría desaparecer? Levantó un pie con todo el cuidado. Contuvo la respiración. Escuchó. Seguía ahí. Osó dar un primer paso, y luego un segundo. Puso un pie frente al otro con todo el cuidado, como si pudiera correr el riesgo de pisarlo. A cada movimiento se detenía unos segundos y escuchaba con atención para asegurarse de que no lo había perdido. A cada paso se oía con mayor intensidad. Entonces se detuvo. Debía de tenerlo justo enfrente. 
- ¿Hay alguien ahí? -susurró. 
 - Sí. Justo a tus pies. Estás a punto de tropezar conmigo. 
Era una voz de chica. No la conocía. Intentó en vano imaginársela. 
- ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? 
- Li Li. 
- ¿Has oído el latido? 
- No. 
- Tiene que andar por aquí. -Tin Win se arrodilló. El sonido le quedaba prácticamente a la altura de la oreja-. Yo cada vez lo oigo mejor. Es un latido suave. ¿De verdad que no lo notas? 
- No. 
- Cierra los ojos. 
Li Li cerró los ojos. 
- Nada -dijo, y se rió. 
Tin Win se inclinó hacia delante y notó la respiración de ella en su cara. 
- Creo que sale de ti. 
Se arrastró un poco más hacia ella y colocó su cabeza justo delante del pecho de la niña. Ahí estaba. Era el latido de su corazón. Su propio corazón empezó a latir con más fuerza. 
 
Intuyó que estaba oyendo algo, que le estaba revelando un secreto que en el fondo no debía saber. Le entró algo de miedo, hasta que ella le puso la mano en la mejilla. Notó que su calor le recorría todo el cuerpo y deseó que aquella mano no lo soltase jamás.
- Es tu corazón. Oigo los latidos de tu corazón. Habría querido quedarse así sentado el resto del día. Y la noche y el día siguiente. Como si cualquier movimiento fuera a destrozar lo que acababa de suceder. Li Li se había ido gateando, pero el latido de su corazón se había quedado a su lado. La recordaba, la oía, como si estuviera sentada ahí mismo.

Necesitaba ayuda. Aquellos sonidos eran como las vocales de un lenguaje nuevo que aún debía aprender para comprender lo que le explicaba el mundo. Necesitaba un traductor, alguien que lo acompañara en sus viajes de descubrimiento y lo ayudara a familiarizarse con la vida. Debía ser alguien que tuviera paciencia y no se riera de él cuando le dijera que acababa de oír los latidos de un corazón. Alguien en quien pudiera depositar su confianza, que le dijera la verdad y no tuviera intención de divertirse confundiéndolo. Alguien. Li Li, quién sí no, le ayudaría. 
 
Había llegado al fin a la calle principal, y lo primero que le llamó la atención fue la infinidad y continuidad de latidos que lo rodearon. Eran los corazones de la gente que pasaba junto a él. Para su asombro, se dio cuenta de que ninguno de ellos latía igual que los demás, del mismo modo que ninguna voz es idéntica a las otras.
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Yadana recordaba el nacimiento de su hija como si hubiera sucedido el día anterior. La primera mirada que le dirigió su hija, con esos enormes ojos marrón oscuro, casi negros?
Fue Moe, su marido, el primero en ver los deformados miembros del bebé. Lanzó un grito de espanto y mostró a su esposa los minúsculos y tullidos pies de su pequeña. 
- Cada niño es diferente -le respondió ella. Y con eso, Yadana dio el tema por zanjado. Qué eran unos pies lisiados en comparación con el milagro que descansaba sobre su pecho.

La familia de su marido presionó a Yadana para consultar alastrólogo y escuchar sus consejos. Él podría decirles con seguridad cuánto sufrimiento esperaba aún a la niña, y si no sería mejor abandonarla a su destino. Yadana ni siquiera se lo pensó. Siempre había creído más en su instinto que en los astros, y en aquel caso no tenía ni la más mínima duda: había dado a luz a una criatura excepcional.

Un día su mujer le gritó:
- ¡Los pies tullidos no son contagiosos! 
- Lo sé, lo sé -dijo, intentando calmarla. 
- Entonces, ¿por qué llevas ya casi un año sin mirar siquiera a tu hija? -le recriminó, indignada, mientras desnudaba a Li Li con movimientos rápidos y bruscos.
- ¿Por qué? 
Moe miró alternativamente a su mujer y a su hija. Li Li estaba desnuda delante de él. Hacía frío. Le recorrió un escalofrío pero no lloró. Se limitó a mirarlo esperanzada. 
- ¿Por qué? -repitió Yadana una vez más. 
Él alargó los brazos y le acarició la barriguita. Le rozó los delgados músculos, sus dedos fueron deslizándose hacia abajo, hasta que tuvo sus piececitos en las manos. Li Li le sonrió. Los ojos de la pequeña le recordaron la mirada de su mujer la primera vez que la vio, y también su sonrisa estaba dotada de aquella magia a la que, aún hoy, no podía resistirse. Moe sintió vergüenza de sí mismo.

Y las cosas continuaron igual cuando, bien pasado un año, intentó incorporarse por primera vez. Había gateado hasta la barandilla de la pequeña veranda que rodeaba su casa.Vieron cómo su hija se apoyaba en los barrotes de la barandilla; cómo intentaba mantener el equilibrio sobre sus piececitos lisiados; cómo logró permanecer de pie unos segundos, y entonces miró asustada a sus padres y se cayó. Lo intentó una vez más, y otra, y Moe quiso correr hacia ella, ayudarla, pero no supo cómo. Yadana lo retuvo a su lado. 
- Sus pies no pueden sostenerla. Tiene que darse cuenta -dijo, consciente de que nadie podía evitar a su hija aquel dolor. Li Li no lloró. Se frotó los ojos y observó la barandilla, como si el problema estuviera en los barrotes. Lo intentó una vez más y se esforzó en mantener el equilibrio. Por fin, tras caer por sexta vez sobre la madera, desistió. Se arrastró hasta la escalera, se sentó, miró a sus padres y sonrió. Fue la primera y única vez que intentó ponerse de pie y dar un paso. A partir de aquel momento se dedicó a conquistar la casa y el patio a cuatro patas.

Li Li no perdió su alegría ni siquiera más adelante, cuando comprendió lo útiles que eran los pies. Cuando se sentaba en la veranda y veía a los hijos de los vecinos trotar por el patio o trepar el macizo eucalipto que separaba los terrenos. Yadana tenía la sensación de que su hija aceptaba las fronteras que la naturaleza le había impuesto, lo cual en absoluto significaba que aceptara apartarse o retirarse de la vida. Al contrario. Su libertad de movimientos estaba acotada, pero no así su curiosidad y su talento para hacer otras cosas en la vida, que a menudo resultaban totalmente ilimitados. 

Yadana se acostumbró a cantar en voz alta a su hija mientras trabajaba en el campo. La pequeña no tardó en aprenderse de memoria todas las canciones, y madre e hija cantaban a coro. La voz de Li Li fue mejorando cada vez más y cuando, ya con siete años, ayudaba a su madre a preparar la cena y también en la parada mercado donde vendían patatas, siempre sin dejar de cantar, los vecinos se reunían en torno a la casa, se sentaban en el suelo y la escuchaban en silencio. Cada semana eran más. No tardaron en llenar el patio, cubrir el camino que conducía a la casa e incluso ocupar las ramas de los árboles que delimitaban el terreno. Los más supersticiosos llegaron a afirmar que la voz de Li Li tenía poderes mágicos.

- ¿Por qué no quieres cantar más? 
- Porque ya no me divierto. 
- ¿Cómo que ya no te diviertes? ¿Qué ha pasado? 
- No ha pasado nada. Ya no me parece especial. No me divierte. 
- ¿Pretendes decirnos que no volverás a cantar? 
- Me gustaría reservarme la voz. Me gustaría guardármela. Un día volveré a cantar. Cuando llegue el momento lo sabré.

La Julia que conocía, la que creía que me era familiar, se habría levantado en aquel preciso momento. Se habría mostrado indignada. Habría fruncido el ceño. Habría dirigido a U Ba una mirada iracunda y penetrante y habría cogido su mochila sin decir palabra. O se habría reído de él.

Me quedé sentada. Sentí el impulso de levantarme, pero no fue lo suficientemente fuerte. Parecía más bien el reflejo de otros tiempos. Aunque en aquel momento no me sentía capaz de pensar con claridad o de analizar lo que acababa de escuchar, en el fondo intuía que no se trataba de un cuento, a no ser, claro está, que uno considerase el amor como un cuento. Hasta hacía apenas unas horas yo era de las que pensaba así. Ahora ya no estaba tan segura. 
No sabía qué pensar acerca de los relatos de U Ba. Eran superiores a mí. ¿Mi padre no solo había sido ciego durante su juventud, sino que además se había enamorado de una lisiada? ¿Se suponía que esa mujer era el motivo por el que nos había abandonado, a nosotros, a su familia, tras casi treinta y cinco años de convivencia? ¿Puede aguantar el amor una separación de treinta y cinco años? 

Todo aquello me parecía absurdo. Pero al mismo tiempo no pude evitar pensar en una frase que solía decir mi padre: «No hay nada, ni para lo bueno ni para lo malo, de lo que el hombre no sea capaz».

Creía que cualquier persona es capaz de cualquier cosa, o al menos que no debería excluirse ninguna posibilidad, solo por el hecho de creer que conocemos al otro. Y se empeñaba en defender que aquel no era el punto de vista de un amargado pesimista, sino más bien todo lo contrario. Eso decía. Que era mucho peor esperar siempre lo mejor de todo el mundo y sentirse después decepcionado al ver que la realidad no se corresponde con las propias esperanzas. Que es eso lo que provoca amargura y desconfianza.

El relato de U Ba había adquirido una intensidad de la que ya no podía zafarme. Efectivamente, mi padre hacía gala de una memoria extraordinaria y de una especie de sexto sentido en todo lo referente a las voces humanas. En algunas de las características y comportamientos que U Ba atribuyó a Tin Win fui reconociendo cada vez más a mi padre. 

Tuve la sensación de oír dos voces peleándose en mi interior. La primera era la voz de la abogada. Desconfiaba,  quería hechos. Pruebas. Testigos. Necesitaba culpables y un juez capaz de condenarlos, o, cuando menos, de hacer gala de su autoridad para poner punto final a las apariciones. La segunda era una voz que nunca antes había oído. Quieta, gritaba, no te vayas. No te alejes de aquí. U Ba está diciendo la verdad, aunque por ahora no la reconozcas y todo te parezca extraño e increíble. No tengas miedo.

- ¿Dónde está mi padre? -le pregunté, tras permanecer un rato en silencio. Mi voz sonó más dura y exigente de lo que había pretendido. Hablaba la abogada. U Ba levantó la vista y me miró largamente.
- Está usted cada vez más cerca. ¿No lo nota? - Podría decirle dónde está con una sola frase. Pero ha esperado usted tanto tiempo, más de cuatro años, que no entiendo que ahora le importen unas horas más. Nunca volverá a tener la oportunidad de saber tanto sobre su padre. ¿No quiere saber cómo le fue con Li Li? ¿Cómo cambió su vida? ¿Por qué fue tan importante para él? ¿Por qué cambiará también su propia vida, Julia? U Ba no esperó a mi respuesta. Carraspeó brevemente y continuó su relato.

Suu Kyi notó de inmediato que a Tin Win tenia que haberle pasado algo fuera de lo normal. Estaba sentada frente a la puerta del jardín, esperándolo, y empezaba a preocuparse y entonces lo vio aparecer por la montaña. Reconoció su longi verde y rojo y su camisa blanca, pero su paso parecía distinto al de otros días. Ni rastro de vacilaciones o titubeos. No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. ¿Era realmente Tin Win quien descendía por el camino, casi a paso ligero? En la mano sostenía su bastón, pero no lo movía cautelosamente por delante de sí, sino que lo hacía bailar frente a sus pies. Jamás lo había visto caminar de ese modo. 
 
Por la tarde se mostró más charlatán que nunca. De Li Li no le dijo nada, así que la pobre Suu Kyi no pudo explicarse qué sucedió con Tin Win en los días siguientes. Él, que por lo general pasaba horas en silencio acurrucado en una esquina, parecía incapaz de quedarse quieto. Recorrió la casa y el jardín de un lado a otro, sin detenerse un minuto.

Tin Win contaba los días, no, contaba las horas que
faltaban para el siguiente día de mercado. Nunca se había
parado a pensar lo largo que podía resultar un día. ¿Por qué
tardaba la Tierra esa eternidad en dar una vuelta sobre su
propio eje? El tiempo se arrastraba con tanta lentitud como una serpiente por el suelo del bosque. ¿Podría hacer algo para ayudarlo a ir más rápido? Se lo preguntó a U May, pero él se limitó a reír. 
- Siéntate y medita. Así el tiempo perderá su significado -le aconsejó.

En la noche que precedió al siguiente día de mercado no pudo pegar ojo. Oyó cómo Suu Kyi se acostaba a su lado sobre la esterilla, se ponía de lado y se tapaba con la manta hasta las orejas. Poco después, su corazón también se puso a dormir. Palpitaba con tanta lentitud y regularidad que parecía que no fuera a parar nunca. El suyo, en cambio, iba a toda velocidad. Un latido salvaje, irrefrenable. En realidad no sabía por qué estaba tan nervioso, solo intuía que la
causa debía de ser más poderosa que él. Tenía la sensación de que estaba a punto de descubrir un mundo distinto, nuevo. Un mundo en el que no se veía con los ojos. Un mundo en el que no hacían falta los pies para caminar. 
 
Tin Win se preguntó cómo encontraría a Li Li al día siguiente, entre todos los puestos del mercado.

Li Li estaba sentada a la salida del mercado, junto a un montón de patatas. En la mano izquierda sostenía una sombrilla de papel, pequeña y redonda, con la que se
protegía del sol. Llevaba su mejor longi, rojo con un bordado verde. Lo había tejido ella misma; estuvo trabajando en él hasta última hora de la tarde del día anterior. Llevaba el pelo negro recogido en una coleta. Por la mañana había pedido a su madre que le pintara dos círculos amarillos en las mejillas. Todas las jóvenes y las mujeres se maquillaban así, pero Li Li siempre se había negado a hacerlo. Hasta la fecha. Su madre había sonreído y no le había preguntado nada. Al despedirse, cuando Li Li ya estaba subida a la espalda de su hermano, Yadana le había dado un beso en la frente. Lo hacía cada vez que se separaban, pero en esta ocasión fue un beso diferente. Li Li lo percibió así, aunque no habría sabido decir por qué. 

Ahora estaba sentada sobre su manta roja, tejida por ella misma, y esperaba. De hecho llevaba haciéndolo cuatro días.

Esperaba sin impacientarse. No le importaba esperar. Ya de niña aprendió que para quien no puede caminar, quien depende de la ayuda de los demás, la espera es parte de su vida. La paciencia se daba por supuesto, y le admiraba pensar que había gente para quienes las cosas nunca iban lo suficientemente deprisa. La espera pertenecía de tal modo a su ritmo vital que hasta se molestaba cuando algo sucedía demasiado pronto. El tiempo de espera estaba formado por segundos, minutos o incluso horas de paz, de tranquilidad, en los que, por lo general, solía estar sola. Hay ciertas cosas que la gente que se mueve por el mundo con dos pies sanos no puede comprender. Creen que se ve con los ojos. Creen que las distancias pueden salvarse caminando.

- ¿Te molesta si damos un rodeo por el pueblo? - preguntó Tin Win. 
- Ves por donde quieras -dijo Li Li-. Eres tú quien debe llevarme, no yo. -Se rió y le pasó un brazo por los hombros.

Continuaron adelante. Li Li lo dirigía por las calles con sus suaves movimientos, como si estuviera bajando un bote por los rápidos. A cada giro, a cada vuelta, a cada obstáculo superado, los pasos de Tin Win fueron volviéndose más firmes y seguros. La voz de ella, tan cerca de su oído, lo tranquilizaba. Empezó a confiar en sus indicaciones. Él, que por lo general no creía siquiera en sus propios sentidos, se dejó llevar por los ojos de ella. 

No consiguió dormir. No tras un día como aquel. No aquella noche. Y tampoco en la siguiente o la otra. Estaba acostado junto a Suu Kyi y pensaba en Li Li. 

Compartieron una tarde. Y la guardó en su interior como una joya, como un talismán que pudiera protegerle. Aquella tarde, con Li Li a la espalda, su voz al oído, sus muslos rodeándole las caderas, fue la primera vez en la vida que sintió algo parecido a la ligereza. Un asomo de felicidad. Un sentimiento tan desconocido que ni siquiera sabía cómo referirse a él. Alegría, alborozo, diversión… para él eran vocablos sin sentido, palabras sin contenido. 
 
Lo que él conocía era el esfuerzo que le suponía cada día. Levantarse en medio de una niebla lechosa. Ir a tientas en un mundo que le había dado la espalda. La soledad en la que vivía había llegado a resultarle insoportable, pese a la presencia de Suu Kyi y U May. Adoraba a los dos, confiaba en los dos. Les estaba infinitamente agradecido por la atención y los cuidados que le procuraban. Pero, aun así, se sentía extrañamente alejado de ellos, igual que del resto de gente que se cruzaba en su camino.

Saberla cerca se sentía seguro. Los ojos de ella veían por él. Con la ayuda de ella había dejado de sentirse como un extraño en su propia vida. Con ella formaba parte del mundo. Como si hubiera decidido enfrentarse a la vida. Vivirla.

En los meses siguientes Li Li y Tin Win compartieron todos los días de mercado, y recorrieron Kalaw y sus alrededores como si estuviesen descubriendo una isla desierta. Con el paso del tiempo fueron desarrollando un ritual cada vez más establecido para descifrar los secretos de este nuevo mundo. Era como si Tin Win se empapara de ruidos, sonidos y tonos. Y al final describía minuciosamente a Li Li todo lo que había oído, y ella le explicaba lo que veía. Ella esbozaba el cuadro para él, como un pintor. Primero a grandes rasgos, y cada vez con mayor detalle y exactitud. Cada día que pasaba, Tin Win sentía que el mundo era algo más cercano. Gracias a las descripciones de Li Li pudo ordenar los tonos y los sonidos y relacionarlos con objetos, plantas o animales. 

Poco después de quedarse ciego, Tin Win empezó a estudiar, diferenciar e interpretar las voces. Se habían convertido, para él, en una especie de brújula que le orientaba en el laberinto de los sentimientos.

Li Li recordaba perfectamente la primera vez que oyó hablar de Tin Win. Uno de sus hermanos pasó dos años en el monasterio como novicio. Cuando su madre y ella fueron a visitarlo les habló de un chico ciego con el que había chocado de cara aquella misma mañana. Aquella historia la dejó muy triste, aunque no habría sabido decir por qué. ¿Acaso le recordaba a sus intentos de dar algún paso sobre sus pies tullidos, en la parte de atrás de su casa, donde nadie podía verla? ¿Al dolor y los dos pasos que finalmente logró dar antes de caer al polvoriento suelo?

Sus pies eran un capricho del destino. Habría sido de lo más pueril intentar rebelarse contra ello. No le arrebataba el futuro: solo se lo complicaba. Pero dolía igual. Peor que el dolor era la distancia que en aquellos momentos la separaba de su familia. Amaba a sus padres y a sus hermanos más que a nada en el mundo, pero no la entendían.

Con su madre le sucedía algo parecido. Yadana admiraba a su hija, Li Li lo sabía bien. Se sentía orgullosa de su fortaleza y la calma con que su caracolito afrontaba su invalidez. Y Li Li quería ser fuerte, precisamente para no decepcionar a su madre. Pero deseaba que hubiera momentos en los que pudiera ser débil, en los que no tuviera que demostrar nada a nadie. Ni a sus padres. Ni a sus hermanos. Ni a sí misma.

¿Le resultaría realmente tan fácil vivir, como a ella le parecía, sin el don de la vista? ¿O le costaba el mismo esfuerzo que a ella vivir el día a día sin pies? ¿Entendería Tin Win cómo se sentía ella cuando las demás niñas estaban corriendo? Cuando su madre la miraba henchida de orgullo y ella se consideraba a sí misma cualquier cosa menos fuerte. ¿Podría convertirse en su alma gemela?

Lo añoraba tanto que al cabo de unas semanas quiso pasar a ver a Tin Win a la salida del monasterio. ¿Se alegraría o pensaría que era una pesada Cuando él la oyó esperar en la veranda se dirigió a ella de inmediato. Su sonrisa disipó todo rastro de duda: se alegraba por lo menos tanto como ella. Se sentó a su lado y le cogió la mano. A partir de aquel momento se vieron cada día.

En los meses del monzón, no se movían del monasterio y buscaban refugio en los libros de Tin Win. Sus dedos volaban acariciando las páginas, y en esos momentos él era el encargado de crear un mundo de imágenes para ella. Le leía en voz alta mientras ella se recostaba a su lado y se rendía a su voz, tan intensa. Viajó junto a Tin Win por todos los continentes. Ella, que con sus propios pies no era capaz de llegar siquiera a la aldea vecina, pudo dar la vuelta al mundo.

Aprendió que la imaginación no tiene más fronteras que las que uno mismo le impone. Entonces comprendió que ya no estaba sola y que jamás volvería a estarlo. No era una carga. Era útil.

El día que Li Li no fue a esperarlo a la escalera del monasterio, Tin Win se preocupó de inmediato. Hacía más de un año que se veían a diario, y la tarde anterior no le había comentado nada de que no fuera a ir. ¿Estaría enferma? ¿Por qué no habría ido ninguno de sus hermanos a informarle de lo que pasaba? Sin pensárselo dos veces salió de camino hacia su casa.
La casa estaba vacía. Hasta el perro se había ido. Los vecinos no sabían nada. 

Tin Win intentó tranquilizarse. ¿Qué podía haber pasado? Seguramente estarían en el campo y no tardarían en volver. Pero no fue así. Al atardecer volvió el miedo. Tin Win se oyó gritar a sí mismo. Li Li!!! Sacudió la barandilla de la escalera hasta que la rompió.

Suu Kyi jamás había escuchado un grito como aquel. Fue muy fuerte, muy enérgico, pero eso no fue lo más insólito y aterrador. No se trató de un gemido desgarrado, sino de un tremendo enardecimiento, un chillido plagado de ira y desesperación. Dolía en el alma, no en los oídos. Se despertó de inmediato y se dio la vuelta. A su lado estaba Tin Win, incorporado sobre la cama, con la boca muy abierta y vociferando. Ayer no volvió a casa hasta que ya era de noche. Lo trajeron tres jóvenes. Tin Win tenía un aspecto horrible, sucio, ensangrentado, la cabeza llena de arañazos. No le dijo nada y se acostó de inmediato. Cuando dormía oía los latidos del corazón de Li Li y gritaba su nombre, pero ella no contestaba. Empezaba a buscar. Iba hacia el lugar del que venían los latidos, pero nunca la alcanzaba. Corría cada vez más rápido, pero nunca se acercaba.

No podía dejar de pensar en las palabras que le dijera U May. «La única fuerza que ayuda a superar el miedo, Tin Win, es el amor.» Pero ¿qué hacer contra el miedo al amor, U May?

Suu Kyi pensó que lo que sufría no era una enfermedad, sino el despertar de los fantasmas y demonios que, por lo que ella sabía, vivían en el interior de todos nosotros y estaban siempre a la espera de salir de su escondite y quitarse la máscara.

Tin Win no reaccionaba. Respiraba, su corazón latía, pero aquellas eran las únicas señales de vida que emitía su cuerpo. Se había retirado a un mundo al que ella no podía acceder.

En la mañana del séptimo día una joven se presentó en su casa. Llevaba a Lii Li a la espalda. Suu Kyi la conocía del mercado y sabía que Tin Win pasaba las tardes y los fines de semana con ella. 
- ¿Está Tin Win en casa? -preguntó Li Li. 
- Sí. Está enfermo -respondió Suu Kyi. 
- ¿Qué le pasa? 
- No lo sé. No habla. No come. Está fuera de sí. 
- ¿Puedo verlo? 
Suu Kyi le mostró el camino hacia el dormitorio, a través de la cocina. Tin Win estaba allí, inmóvil, el rostro delgado, la nariz aguileña y la piel, pese a su tonalidad oscura, pálida e inerte.

Suu Kyi notó que iba sintiéndose cada vez más triste. Que la tristeza crecía en su interior. Conocía aquel estado, y lo detestaba; siempre intentaba oponerse a él con todas sus fuerzas. En la mayoría de los casos lo lograba, pero en esta ocasión se dio cuenta de que el sentimiento iba volviéndose cada vez más grande y poderoso. No encontraba ningún motivo para ello, y la tristeza sin motivo no le parecía otra cosa que autocompasión: algo a lo que se había resistido buena parte de su vida. ¿Era la enfermedad de Tin Win lo que le pesaba tanto? ¿El miedo a perderlo? ¿O la conciencia, reiterada a intervalos, de lo abandonada, perdida y sola que estaba? Igual que Tin Win. Igual que todos, a fin de cuentas. Algunos lo notaban, otros no.
- ¿Qué te pasó?  
- No lo sé. Estaba poseído. 
- ¿Por? 
- El miedo. 
- ¿De qué tenías miedo? 
- De perderte. Cuando llegué a vuestro patio y no vi a nadie y los vecinos no supieron decirme dónde estabais, me entró miedo. Intenté tranquilizarme, pero el miedo fue creciendo más y más. Pensé que jamás volvería a verte. 
- ¿Dónde estuviste? 
- Fuimos a casa de unos parientes, en la montaña. Murió una tía nuestra y tuvimos que salir de madrugada. - Acercó la boca a su oído. No tengas miedo. Ya nunca podrás perderme. Soy parte de ti, y tú de mí.

Habían pasado ya casi cuatro años desde la primera vez que habló con Tin Win en el monasterio, y, sin contar con las primeras semanas, no habían pasado un solo día sin verse. O ella lo esperaba al salir de la escuela o él iba a buscarla al mercado después de las clases; y los fines de semana pasaba por su casa ya de buena mañana. Es que sois inseparables, ¿eh?, le dijo su madre una vez, medio en broma. Inseparables. Como solía
hacer siempre, Li Li reflexionó mucho sobre aquella palabra. Le había dado vueltas y vueltas en la cabeza, para ver si le gustaba cómo sonaba, si le parecía adecuada, y unos días después llegó a la conclusión de que era la mejor descripción posible. Eran inseparables.

Él la enseñó a confiar. Le brindó la opción de ser débil, no tenía que demostrarle nada. Fue el primero y el único a quien explicó la humillación que sentía al tener que arrastrarse a cuatro patas. Que a veces soñaba que caminaba con dos pies sanos por todo Kalaw, y que saltaba tan alto como podía. Solo eso; nada más. Él no intentaba consolarla. La cogía entre sus brazos y no decía nada. Li Li sabía que él la entendía; que sabía cómo se sentía. 
 
Cuanto más hablaban del tema, menos intensa se volvía su necesidad de caminar por su propio pie. Y creía a Tin Win cuando le decía que en todo el mundo no había un cuerpo más hermoso que el suyo. No había nada que no se atreviera a hacer en su compañía.

Entre ambos reinaba una complicidad que Yadana llegaba incluso a envidiar. Ella nunca se había sentido así con su marido. Para ser sincera, no conocía a nadie en el mundo que se sintiera tan cerca de otra persona como ellos dos. 
 
Ahora que los dos habían cumplido los dieciocho años, Yadana se preguntaba si había llegado el momento de hablar de matrimonio. Pero como Tin Win era huérfano no tenía muy claro a quién debía dirigirse. Y cada vez que intentaba hablar de aquel tema con su marido, él repetía lo de «hermano y hermana». Quizá, pensó, deberían esperar a que Li Li o Tin Win se lo pidieran. No venía de unos meses o incluso un año. Estaba convencida de que no debía preocuparse ni por su hija ni por Tin Win. Habían descubierto un secreto de la vida que Yadana no había logrado encontrar, pese a que siempre había intuido su existencia.
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Abrió la puerta del jardín y oyó dos voces masculinas que no conocía. Dos hombres hablaban con Suu Kyi. Estaban sentados frente al fuego, en la parte delantera de la casa. Oyó levantarse a Suu Kyi y dirigirse hacia él. Le cogió la mano y lo acercó a los desconocidos. 

Los hombres fueron directos al grano. Su tío, el respetable U Saw, los enviaba con el encargo de que condujeran a Tin Win hasta la capital lo antes posible. Su tío le comunicaría personalmente todo lo demás. El primer tren salía de Kalaw a las siete. Pasarían a recogerlo. Tendría que estar listo a partir de las seis de la mañana, por favor. Preparado para el viaje. 
 
Fue un suspiro de Suu Kyi lo que le hizo prestarles atención. Y su corazón. Latía con una rapidez extraordinaria, como si estuviera muy asustada o acabara de escalar una montaña. Tin Win había aprendido que un corazón puede dispararse por más motivos que un esfuerzo físico. Las personas pueden estar sentadas en el suelo sin hacer nada, con una apariencia completamente calmada, y tener el corazón desbocado en el pecho, corriendo como un animal perseguido por el bosque. Sabía por experiencia que las fantasías y los sueños solían asustar o amedrentar más incluso que la realidad; que a la cabeza le agobia más el corazón que los trabajos más pesados.

- ¿Por qué? ¿Qué quiere mi tío de mí? -preguntó Tin Win, tras haber entendido al fin lo que sucedía. 
- No lo sé -respondió ella-. En el pueblo se comenta que posee mucho dinero y tiene buenos e influyentes amigos entre los ingleses. Por lo visto está en contacto incluso con el gobernador. Estoy segura de que podrá ayudarte. 
- Pero no necesito ayuda. -Tin Win se rió ante la idea de que alguien pudiera ofrecerle ayuda por compasión-. No me falta nada. La vida no puede irme mejor. 
- Quizá se ha enterado de tus problemas de visión y quiere que te visite un médico británico. Sea como fuere, tenemos que pensar qué debes llevarte. 

Tin Win sabía que la mujer no le decía la verdad. Los latidos de su corazón no se correspondían con esas palabras que debían tranquilizarlo. 
- Nada, es solo… que te echaré de menos. Pero ¿qué digo? Soy una vieja egoísta. Muy pocos tienen el privilegio de viajar hasta la ciudad. Tendrás muchas experiencias y aprenderás mucho. Debería de alegrarme por ti. Además volverás en unas pocas semanas -añadió ella, como si no hubiese oído su exclamación. Tin Win se sobrecogió al oír aquella frase. Tendría que separarse de Suu Kyi, del monasterio y de Li Li. 
 
Aquello era tan impensable que ni siquiera se había parado a considerar la posibilidad. Ella era una parte indisociable de su vida, una parte de él, y jamás se le había ocurrido, ni siquiera remotamente, la posibilidad de tener que separarse de ella aunque fuera un solo día.
- Tengo que ver a Mi Mi -dijo, y se dio la vuelta.

En la casa reinaba el silencio. Subió la escalera lentamente. La puerta no estaba cerrada y crujió cuando él la abrió. Supo dónde dormía Li Li por los latidos de su corazón. Se arrodilló junto a ella y le puso una mano en la cara. Ella se despertó y lo reconoció de inmediato. - Tin Win, ¿qué estás haciendo aquí? 
- Tengo que decirte algo, ven -susurró.
- ¿Adónde vamos? -preguntó. 
- No lo sé. A donde no despertemos a nadie y podamos estar solos.
- Li Li, me marcho mañana a Rangún. Mi tío, que vive allí, ha enviado a dos hombres para que me recojan y me acompañen a la ciudad. 

Jamás olvidaría aquella frase. Décadas después seguiría sonándole en los oídos, y ella oiría la voz de Tin Win y vería su rostro frente a ella. Horas antes, en el lago, había soñado con el futuro, con una boda; se había imaginado viviendo con Tin Win en una casa, rodeados de niños que corretearían por el patio y tendrían pies para caminar y ojos para ver. Y ahora él se iba a la ciudad. Li Li sabía lo que eso significaba. Rangún estaba en la otra punta del mundo. Muy poca gente viaja hasta allí, y menos aún se deciden a volver.

Suu Kyi no había pegado ojo en toda la noche. Por primera vez en mucho tiempo volvía a preocuparse por Tin Win. Desde que empezó su amistad con Li Li había cambiado mucho más de lo que ella se habría atrevido a soñar. No podía imaginar a Tin Win saliendo adelante en un ambiente desconocido y sin la compañía de Li Li.

Él lloró desconsoladamente. Lloró hasta que los dos hombres aparecieron en la puerta del jardín. Ella le secó las lágrimas
y preguntó si podía acompañarlos hasta la estación. Por supuesto, dijo uno de ellos. Los hombres se lo llevaron. Desapareció tras una puerta. La última imagen se difuminó tras un velo de lágrimas. Tin Win estaba sentado junto a una ventana abierta, con la cabeza oculta entre las manos. Ella gritó su nombre, pero él no reaccionó.

U Ba había hablado durante varias horas, ininterrumpidamente. Me hundí en los suaves cojines que quedaban detrás de mí. Intenté imaginarme a mi padre. La soledad en la que había vivido, su indigencia, la oscuridad que lo había rodeado hasta que encontró a Li Li. Cómo debió de sentirse al pensar que podía volver a perder todo lo que había logrado con la ayuda de ella. Noté que los ojos se me anegaban en lágrimas. Intenté reprimirlas, pero aquello fue aún peor. Lloré como si yo misma lo hubiese acompañado hasta el tren que lo llevaría a Rangún. Aquella fue, quizá, la primera vez que lloré realmente por mi padre. Después de su desaparición hubo días en que lo eché mucho de menos y me sentí alicaída y desesperada. 
 
Seguramente también lloré, no lo recuerdo bien. Pero ¿por quién lo hacía? ¿Por él? ¿Por mí, porque había perdido a mi padre? ¿O eran lágrimas de rabia y decepción porque nos había dejado tirados Desde luego, nunca nos contó nada sobre los primeros veinte años de su vida, de modo que no nos dio la oportunidad de llevar luto por él o con él. Pero ¿hice yo algo por saberlo? ¿Habría estado en disposición de sentir algo por él? ¿Quieren los hijos conocer a sus padres y sus madres como seres independientes? ¿Tenemos la capacidad de verlos como eran antes de que naciéramos?

- Me gustaría descansar un poco. ¿Podría, tal vez por unos minutos…?  U Ba me interrumpió.
- Por supuesto, Julia, acuéstese en el sofá. Le traeré una manta. Estaba tan cansada que hasta me costó levantarme del sillón. El sofá era más cómodo de lo que parecía, yo me apoyé en los cojines y noté que U Ba me cubría con una manta fina.

Había amanecido. U Ba me dijo. Es el primer volumen de uno de los libros preferidos de Tin Win. Suu Kyi olvidó metérselo en la maleta para su viaje a Rangún. 
- Siéntese. Venga conmigo, tómese un café y míreselo con calma. Fuimos a la salita donde yo había dormido. U Ba vertió en un vaso el agua hirviendo de un termo y me ofreció un Nescafé.

Agucé el oído en el silencio. Oía el canto y de pronto dejaba de oírlo. Contuve el aliento hasta escucharlo de nuevo, ahora algo más fuerte. Lo suficientemente fuerte para no volver a perderle la pista. Debía de ser un coro de niños que repetían un mantra melódico reiterada e ininterrumpidamente. 
- ¿Son los niños del monasterio? 
- Sí, pero no los del monasterio del pueblo, sino el de las montañas. Cuando el viento sopla favorablemente, oímos el canto matinal. Está usted oyendo lo que Tin Win y Li Li solían oír. Hace cincuenta años sonaba exactamente igual. Cerré los ojos. Sentí un escalofrío. Fue como si las voces infantiles entraran en mi cuerpo por los oídos y me removieran las entrañas de un modo que ninguna palabra, ningún pensamiento o persona hubiese logrado hasta la fecha. 
 
¿De dónde venía aquella magia? No entendía ni una palabra de lo que decían, así que… ¿qué era lo que tanto me conmovía? ¿Cómo es posible que algo pueda hacernos llorar, algo que no podemos ver ni tocar ni retener y que, al poco de haber aparecido, vuelve a desaparecer? 
 
La música, solía decir mi padre, era el único motivo por el que en alguna ocasión habría podido creer en un Dios o en un poder superior.

¿Alguna vez me había sentido más cerca de mi padre que en aquel momento? Quizá U Ba tuviera razón. Quizá estuviera muy cerca y yo solo tuviera que verlo.

En aquel momento comprendí por qué tenía tantas ganas de ver aquel sitio aunque al mismo tiempo le tuviera tanto miedo. Porque era la clave del relato de U Ba. Desde que esa mañana oí cantar a los niños del coro, su historia había dejado de parecerme un cuento inventado. Llegaba hasta mis oídos, podía olerlo y alcanzarlo con las manos.

Estaba sentada sobre el tocón en el que mi padre esperó a su madre, a mi abuela, en vano. En el que casi murió de hambre. En aquel jardín perdió la vista, y vivió en aquel extraño pueblo en el que al parecer nada había cambiado demasiado en los últimos cincuenta años.

- No se preocupe. Mi Mi y su padre no viven aquí. Era U Ba. No lo había visto llegar. 
- ¡U Ba, me ha asustado! 
- Lo siento, no era mi intención. 
- ¿Cómo sabía lo que estaba pensando? 
- ¿En qué iba a pensar, si no? 
- ¿Tendría algún motivo para preocuparme en el caso de que Li Li y mi padre estuvieran en esta casa?  Él sonrió e inclinó la cabeza hacia un lado. Era una mirada cariñosa, con la que pretendía aportarme algo de confianza. Quise alargar la mano hacia él. Que me alejara de esa casa fantasmal; que me llevara a casa. A la seguridad. 
- ¿De qué tiene miedo? 
- No lo sé. 
- No tendría que preocuparse por nada. Es usted su hija, ¿por qué duda de su amor? 
- Nos abandonó. 
- ¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra? 
- ¡Todo! -dije. La voz de la fiscal. 
- ¿Por qué? El amor conoce formas tan diferentes, Julia, tiene tantos rostros distintos, que nuestra imaginación no alcanza a representárselos todos. La gracia está en reconocerlo cuando lo tenemos delante. 
- ¿Y por qué resulta tan difícil? 
- Porque solo vemos lo que conocemos. Sólo confiamos en los demás para hacer las cosas que nosotros mismos seríamos capaces de hacer, tanto en lo bueno como en lo malo. De ahí que reconozcamos al amor principalmente en la imagen que nos hemos formado de él. 
 
Deseamos ser amados del mismo modo que amamos. Cualquier otra forma nos resulta inquietante. Le salimos al paso con dudas y desconfianzas, malinterpretamos sus señales, no comprendemos su idioma. Nos quejamos. Afirmamos que el otro no nos ama, pero lo que hace en realidad es, quizá, amarnos de otro modo, su modo; uno que nos resulta extraño. Espero que comprenda mis palabras cuando haya concluido mi historia. No entendí lo que me decía. Pero confié en él. 
 
- He comprado fruta en el mercado. Si le parece bien, podemos sentarnos bajo el aguacate y seguir con el relato. U Ba se puso el banco bajo el brazo y lo transportó hasta el árbol a cuya sombra lo esperaba yo. 
 
- Si no me equivoco, lo construyó su abuelo. Madera de teca. Unos cien años, por lo menos. Solo hemos tenido que arreglarlo una vez.
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Imaginar que estás muerto. No moverte. Esperar a que pase el tiempo. No emitir un sonido. No comer ni beber. Reducir la respiración a unos breves temblores. Desear que no sea verdad. Así recorrió Tin Win el camino hacia Rangún. Se sentó en el vagón encorvado sobre sí mismo. No habló con nadie ni dejó que nadie le hablara. Como si hubiera perdido el conocimiento.

El silencio en casa de su tío hizo que todo fuera más soportable. No tuvo que evitar a nadie ni soslayar preguntas. Estaba solo. Tendido inmóvil sobre una cama. El tío no estaba en casa; había informado de que llegaría a la hora de cenar. De nuevo solo. Tin Win se incorporó en la cama cogió la bandeja. Tomó dos cucharadas. El curry estaba bueno, pero no tenía hambre. El agua le sentó bien. Le despertaron unos golpes en la puerta. El mismo joven que a mediodía. El tío le esperaba para cenar.

U Saw era uno de los pocos birmanos que había logrado alcanzar una prosperidad más que modesta bajo el dominio de los británicos. Sumando sus posesiones, sus terrenos en el extranjero y su dinero en efectivo, era uno de los hombres más ricos del país, sin contar con los ingleses y otros varios europeos, por supuesto, que vivían en su propio mundo; un mundo que poco tenía que ver con el resto de Birmania y por tanto no era susceptible de comparaciones.

U Saw no daba ni un solo paso sin consultar antes al astrólogo. Hacía dos semanas, le profetizó una catástrofe personal y laboral (U Saw no entendió demasiado la diferencia, pero optó por no preguntar), y le advirtió de que solo podría esquivarla si prestaba su ayuda al miembro de su familia que más lo necesitara. Aquella advertencia le provocó varias noches en vela. No sabía de ningún pariente que estuviera pasando por un momento especialmente desfavorable. Todos eran pobres, todos querían dinero, y de ahí que hubiese roto el contacto con todos ellos hacía años. Pero… ¿necesidad? Al final le vino a la mente un pariente lejano de su mujer del que había oído hablar en una ocasión. Su padre había muerto, él se había quedado ciego de la noche a la mañana y su madre lo había abandonado. Por lo visto vivía con una vecina que se ocupaba también de su mansión (la de U Saw) en Kalaw. ¿Qué podría agradar más a las estrellas que su esfuerzo por ayudar a un joven ciego? Pocos días después, U Saw envió a Kalaw a dos de sus más devotos asistentes.

Se detuvo sorprendido al ver a Tin Win. Esperaba ver a un lisiado, a un chaval venido a menos, retrasado, cuyo miserable aspecto despertara su compasión. Pero aquel sobrino suyo era un joven fuerte y que irradiaba una sorprendente confianza en sí mismo. No parecía necesitado. U Saw se sintió decepcionado. 
 
- Querido sobrino, bienvenido a Rangún. Me alegro de tenerte al fin a mi lado. 
La voz de su tío desconcertó a Tin Win desde la primera frase.
- Espero que el viaje no haya sido demasiado agotador -siguió diciendo U Saw. 
- No -respondió Tin Win en voz baja. 
- ¿Qué tal tus ojos? 
- Bien. 
- ¿Bien? Pensaba que eras ciego. 
Tin Win apreció el desconcierto en su voz. Intuyó que aquel no era el mejor momento para mantener una charla sobre la ceguera y la visión. 
- Así es. Quería decir que no me duelen. 
- Me alegro. Por desgracia no he sabido de tu enfermedad hasta hace poco. De otro modo, por supuesto, habría intentado ayudarte mucho antes. Un buen amigo mío, el doctor Stuart McCrae, es el director médico del mayor hospital de Rangún y dirige la unidad de oftalmología. Lo he dispuesto todo para que te visite la próxima semana. 
- Su generosidad me azara -dijo Tin Win-. No sé cómo darle las gracias.

En una ocasión, en el monasterio, U May le había puesto aquellos artilugios entre las manos y le había explicado que los ingleses los utilizaban para comer en lugar de las manos. Aquel día Tin Win había tomado su curry con cuchara y se había quedado atónito al ver lo sencillo que era. 

U Saw observó con alivio que Tin Win sabía utilizar los cubiertos y que su ceguera no le impedía comer con decoro. Ni siquiera la sopa le dio problemas. Horrorizado, se había imaginado que su sobrino necesitaría la ayuda de alguien para comer, que babearía probablemente o que esparciría su comida por toda la mesa.

¿Quién podría ayudarlo a descodificar el nuevo mundo al que acababa de llegar? ¿Los médicos? ¿Qué haría con él el amigo de su tío? ¿Podría volver a Kalaw cuando decidieran que no podían ayudarlo? Con un poco de suerte, a finales de la semana siguiente podría estar de nuevo junto a Li Li. ¿Y si los médicos sí podían curarlo? Tin Win aún no
había pensado en esa posibilidad. Ni en los años pasados ni desde que llegó a Rangún. ¿Para qué? No le faltaba nada. 
 
Tin Win intentó imaginar lo que significaría el éxito de una operación. Ojos para ver. Contornos delimitados. Rostros. ¿Mantendría el don del oído? Se imaginó cómo sería ver a Li Li desnuda ante él...

Tin Win sabía la verdad. Estaba sentado sobre el tocón de un árbol. Y esperaba. Pronto, había dicho. Respiró hondo y contuvo el aliento. Contó los segundos, su cuerpo necesitaba oxígeno. Tin Win no se rindió. Oyó tartamudear a su corazón. Sabía que tenía la fuerza necesaria para detenerlo. Pero no quería morir. Aún no. Aquí no. Ya no era el niño que se encerró en sí mismo por miedo y lo único que quería era deshacerse, convertirse en nada, desaparecer. Ahora quería vivir. Quería volver con Li Li. Respiró hondo. Descubriría lo que su tío quería de él, haría lo que esperaba que hiciera y encontraría el modo de regresar a Kalaw lo antes posible.

- El doctor McCrae acaba de llamar. Sus planes han cambiado. Deberíamos ir a verlo hoy. Ahora mismo. -U Saw espero un poco antes de continuar-. Te he visto correr. ¿Seguro que eres ciego? 
 
Así de cerca podemos estar de la verdad, sin saberlo. 
 
La revisión duró sólo unos minutos. Una enfermera le sostuvo la cabeza, un médico con las manos grandes estiró la piel que rodeaba sus ojos. Stuart McCrae se sentó justo delante de él y se inclinó hacia delante. McCrae no abrió la boca en toda la revisión.

El diagnóstico se decidió con rapidez. (Tin Win era ciego, para alivio de U Saw.) Cataratas. Extraordinariamente extraño a su edad. Probablemente hereditarias. Operables. Al día siguiente, si querían.

- Ya estamos. McCrae le quitó la venda. Fue desliándola de su cabeza, y a cada vuelta que daba crecía la tensión en la sala. Hasta el corazón de McCrae latía algo más rápido que de costumbre. 
 
Tin Win abrió los ojos. Le golpeó con la fuerza de un puño. Luz. Una luz viva y resplandeciente. No tenue ni crepuscular, sino blanca y clara. Muy clara. Una luz que hacía daño. Que le ardía en los ojos, que le provocaba pinchazos en la cabeza. Entornó los ojos. Huyó a la oscuridad. 
- ¿Me ves? -exclamó el tío-. ¿Me ves? No, no lo veía. Tampoco lo necesitaba, ya oía su corazón. Sonaba como si U Saw estuviera dedicándose a sí mismo una ovación.

Tenía que abrir los ojos. Como si fuera tan fácil, después de tantos años. Tin Win quería esperar. Por favor, abra los ojos. Quería esperar hasta tener a Li Li delante de él. Ella, solo ella, era lo primero que quería ver. ABRA LOS OJOS. Impaciencia en la voz. Tuvo que hacerlo. Despegar los párpados con todas sus fuerzas y rasgarlos hasta abrirlos un poquito. Una rendija, no más. Les concedió una rendija. Se asomó desde allí como desde un escondite. El velo había desaparecido. En un parpadeo. La niebla gris lechosa ya no estaba ahí. Todo cuanto veía estaba claro y bien definido. La vista le propinó un latigazo que le recorrió desde los globos oculares hasta la nuca, pasando por la frente.

En la oscuridad se sentía más seguro. Es solo que era demasiado. Demasiada luz. Demasiados ojos mirándolo. Demasiadas esperanzas. Demasiados colores. Lo desconcertaban. Tin Win había vivido en un mundo en blanco y negro. Los colores no hacían ruido.

Quiero que vayas a la escuela de Rangún. Tin Win esperaba que fuera a darle su billete de vuelta a Kalaw. Quizá no de inmediato, pero sí en los próximos días. Aquello era lo que le daba fuerzas para sobrevivir. Ir a la escuela. En Rangún. Le entraron ganas de llorar; se mordió los labios. Sabía que no era una propuesta. U Saw no hacía propuestas. Informaba de lo que había que hacer. El respeto por su anciano pariente le impidió mostrar nada que no fuera humildad y agradecimiento. Las preguntas, en aquella casa, solo las hacía una persona. 
- No merezco su generosidad, tío. 
- No es nada, no es nada. Conozco al director de la St. Paul High School. Mañana irás a conocerlo. 

El astrólogo no le había dado más opción. Tenía que ser un pariente, y tenía que ser más de una vez. Tenía que ocuparse de él. Cuidarlo.

Querida Li Li:
Perdóname si las cartas de la semana pasada sonaron demasiado tristes. No quería apesadumbrarte con mi melancolía. Por favor, no te preocupes por mí. Es solo que a veces me cuesta saber cuánto más voy a aguantar. Cuándo podré volver a verte. Pero no es añoranza ni tristeza lo que siento cuando pienso en ti. Es un agradecimiento infinito. 
 
Tú me has regalado el mundo, eres parte de mí. Lo veo todo a través de tus ojos. Me has ayudado a superar mis miedos. Con tu ayuda aprendí a soportarlos. Mis fantasmas ya no me atormentan. Cada vez que me acariciaste, cada hora que tuve el honor de llevar tu cuerpo a mi espalda, tus pechos contra mi piel, tu aliento junto a mi nuca, los hicimos más pequeños. Menos fuertes. Los dominamos. Ahora me atrevo a mirarlos a los ojos. Tú me has liberado. Soy tuyo. 
Con amor y agradecimiento, 
Tin Win
 
U Saw volvió a doblar las cartas. Ya había leído suficiente. Dónde acaba el amor y dónde empieza la locura, se preguntó mientras metía todos aquellos papeles en sus sobres. ¿Acaso hay alguna diferencia?

Hasta el momento no había leído ninguna de las cartas de Li Li. Cogió una al azar. 

Mi pequeño y querido Tin Win:
Espero que hayas encontrado a alguien que pueda leerte mis cartas. Ayer mi madre se sentó conmigo en la veranda, me cogió las manos, me miró y me preguntó si estaba bien. Lo hizo como si en realidad quisiera decirme que se acercaba el momento de su muerte. Gracias, mamá, estoy bien, le respondí. 

¿Cómo llevas la vida sin Tin Win? 
Ya hace más de un mes que se marchó, quiso saber. Intenté explicarle que no estoy «sin ti»; que estás conmigo desde el momento que me levanto hasta el instante en que me duermo; que te siento cuando el viento me acaricia, que te oigo en el silencio, que te veo cuando cierro los ojos, que me haces reír y me pides que cante cuando no tengo a nadie cerca. Vi compasión en la mirada de mi madre y me callé. 
Fue uno de esos malentendidos que no pueden arreglarse con palabras. Toda mi familia hace cuanto puede por mí. 
¿Cómo puedo explicarles que lo que significas para mí, lo que me das, no depende del lugar del mundo en el que te encuentres? ¿Que no es necesario coger la mano del otro para sentir el tacto de su piel? 
Ayer fui a visitar a Suu Kyi. Está bien. Se alegraría si le enviaras alguna carta. Le dije que volveríamos a saber de ti. Que nos escribirías o volverías cuando llegara el momento. Pero ya la conoces. Está preocupada. Recibe muchos saludos de Suu Kyi, mi madre y mis hermanos, y sobre todo de mí misma. 
Te echo de menos y te amo cada día un poco más. Li Li.

Miró la montaña de cartas que tenía en el escritorio, ante él. Su sobrino llevaba más de un año escribiendo una carta al día a esa Li Li de Kalaw. ¡Un año! ¡A diario! Sin excepción. Y eso que aún no había recibido una sola respuesta. Miró de nuevo las cartas de su escritorio. Menos mal que en aquellos tiempos difíciles había empleados del servicio en los que aún podía confiar. El bueno de Hla Taw le entregaba cada tarde las cartas de Tin Win que se suponía que debía llevar al buzón. Por supuesto, también apartaba las cartas de Li Li que llegaban cada día con el correo de la tarde. Ninguno de los dos había leído nada de lo que había escrito el otro, y sin embargo no dejaban de enviarse cartas.

U Saw se preguntó si las cartas cambiaban en algo sus planes. Seguramente no. La locura amorosa remitiría, estaba seguro. No había ningún sentimiento lo suficientemente fuerte como para resistir la fuerza demoledora del paso del tiempo. En la distancia, y con los años, aquel amor se rompería en pedazos. 

Por lo demás, desde que llegó a su casa Tin Win se había comportado con la más absoluta corrección y había sido de gran ayuda. Había impedido la catástrofe profetizada por el astrólogo. Los negocios iban mejor que nunca. Y los profesores de St. Paul High School, sin duda la mejor escuela de toda Birmania, lo consideraban extraordinariamente inteligente. Cuando se graduara, al año siguiente, cualquier universidad inglesa querrá tenerlo en sus aulas y seguro que le ofrecerán alguna beca, le había dicho el director. Los nativos con talento serán los más buscados en el futuro.

Europa lo tenía preocupado. La cosa no quedaría ahí. Los japoneses avanzaban en Asia, y era solo cuestión de meses,  quizá de semanas, que alcanzaran las colonias británicas. La época en que Londres era la capital del mundo estaba llegando irremediablemente a su fin. U Saw tenía otros planes.

Ayer por la tarde vio Tin Win a U Saw por última vez. Cenaron juntos y al acabar le entregó los documentos del viaje. El pasaporte y el visado para los Estados Unidos de América. Un billete para Liverpool y un segundo billete para cruzar el Atlántico. Una carta para su socio, un empresario indio que importaba arroz en Nueva York, que debía encargarse de Tin Win durante los primeros meses. Un sobre con dinero. Le explicó una vez más lo que esperaba de él. Un mínimo de seis cartas al año informándole de sus avances con todo lujo de detalles. Una carrera concluida. Con matrícula de honor.

Tin Win lo siguió con la mirada y se preguntó cuánto tiempo necesitaba un árbol para echar raíces, después de haber sido plantado. ¿Unos meses? ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres? Hacía ya dos años que vivía en Rangún y en ningún momento había dejado de sentirse incómodo. Un extraño en la ciudad. Un árbol al que el viento doblegaría y arrastraría por el suelo.

El miedo fue disipándose poco a poco. Tin Win no sabía cuándo o cómo empezó. Miró el agua y pensó en Li Li. Por primera vez en su vida, al pensar en ella no sintió aquella melancolía paralizadora, desmoralizadora, devoradora. No sintió miedo. Ni siquiera tristeza. Sabía que amaba a Li Li más que nunca, pero aquel amor no le resultaba agotador. Ya no. Ya no encadenaba. Ni a la cama ni al tronco de un árbol. Ya no lo debilitaba. Se había librado de un peso. Era libre. Ya no esperaba nada de la vida. No porque estuviera decepcionado o amargado. No esperaba nada porque no había nada más importante que pudiera sucederle. Poseía en su interior toda la felicidad que un hombre puede alcanzar. Amaba y era amado. Sin condiciones. 
 
Pronunció aquella frase en voz baja; sus labios apenas se movieron. 
- Amo y soy amado. Eso era todo. Así de sencillo, así de complicado. Estaba tan seguro de su amor, y del de Li Li, como de la existencia de su propio cuerpo. Nadie podría arrebatarle jamás aquella felicidad. La amaría mientras viviera, y sería amado por ella. Aunque vivieran a dos días de viaje de distancia. Aunque ella no respondiera sus cartas y él hubiera perdido la esperanza de volver a verla en los próximos años. Aunque no pudieran compartir su amor día a día y reafirmarlo cada anochecer. Tenía más de lo que la mayoría logra alcanzar en toda una vida. No debía ser codicioso. La codicia te vuelve ciego y sordo. Se avergonzó por haber sido tan ciego ante su felicidad. 
 
Desde el momento que lo comprendió y lo aceptó supo la riqueza que poseía. Dejó de vivir en el pasado y en el futuro. Disfrutó de cada día como si Li Li se levantara a su lado y se acostara con él.

- ¡Soltad amarras! -La voz de un joven oficial sacó a Tin Win de sus pensamientos.

Durante el relato su rostro había ido acusando el cansancio sin que yo me diera cuenta. Las arrugas alrededor de la boca y de la frente se habían vuelto más profundas. U Ba no se movió y no me miró. Yo esperé.

¿Cómo se las arreglaría Li Li sin Tin Win?  ¿Cómo sobreviviría a la separación de mi padre? 
- Los primeros años no fueron nada fáciles -dijo U Ba,  antes de que yo le preguntara nada-. Pocos meses después de aquella carta murieron sus padres. Primero el padre. Dos meses después, la madre. El menor de sus hermanos se sumó al movimiento independentista y se marchó a la jungla con la guerrilla. Jamás volvió a verlo. La familia de su hermano mayor falleció al estallar una bomba británica en 1945. Eran tiempos difíciles. Y pese a todo Julia, apenas me atrevo a decirlo, pese a todo Li Li era más bella cada día. Sufría por su familia, de eso no cabe la menor duda, echaba de menos a Tin Win, pero no tenía roto el corazón. Desconocía aquel dolor que marca los rostros para siempre. Sus rasgos no se endurecieron, ni siquiera con la edad. Aunque nos cueste comprenderlo, Julia, la distancia o la lejanía en el espacio no le parecían importantes. 

A menudo me he preguntado cuál fue la fuente de su belleza, del atractivo que irradiaba. Se lo diré: es el amor. El amor embellece.

Creo que por aquellos tiempos no hubo un solo hombre que no deseara casarse con ella. No exagero. Tras la guerra se le acercaron solteros de todo el estado de Shan. Algunos incluso de Rangún y Mandalay. Tal era el alcance de los rumores sobre su belleza. Le llevaban regalos, joyas de oro y plata, piedras preciosas y telas.carísimas que Li Li vendía después en el mercado. Rechazó todas las ofertas. Incluso cuando Tin Win llevaba diez, veinte, treinta años separado de ella.

¿Me permite que le haga una pregunta? -le dije- ¿Quién le ha explicado tan detalladamente la historia de Li Li y Tin Win? 
- Su padre. 
- Pero tiene que haber habido alguien más. Su descripción está llena de detalles y sentimientos que mi padre no podía saber. ¿Quién le explicó el resto? 
- Su objeción es perfectamente lícita. Comprendo su curiosidad. Le ruego que me permita tardar un poco en contestarle. Cuando le explique el final del relato no tendrá usted ninguna pregunta más.

U Ba me dijo que solo había un lugar en el que pudiera acabar de contarme la historia. Se había levantado, había metido el termo y los vasos en su bolsa, había devuelto el banco y me había hecho una señal para que lo siguiera. Miró el reloj y aminoró la marcha. Como si tuviéramos una cita y llegáramos demasiado pronto. 
 
Estaba nerviosa e inquieta. ¿Quién nos esperaba? ¿Iríamos al encuentro de mi padre y de Li Li? 
- Ya no puedo contarle mucho más -dijo U Ba -deteniéndose unos segundos-. Sobre el tiempo que pasó en Estados Unidos sabe usted más que yo. Ahí estaba de nuevo la pregunta que había estado reprimiendo durante los dos últimos días. ¿Qué sabía yo en realidad? 
 
Tenía recuerdos. Muchos, buenos y dulces recuerdos, y estaba agradecida por ello, pero ¿qué valor tenían a la hora de comprender quién era verdaderamente mi padre? Desde la perspectiva de una niña, él era el mundo entero. Mis recuerdos no respondían las preguntas que ahora me rondaban por la cabeza. 

¿Por qué no volvió mi padre a Kalaw después de la guerra? ¿Por qué se casó con mi madre? ¿La amó? ¿Fue infiel a Li Li con ella, o a ella con Li Li? 
 
- U Ba, ¿por qué se quedó mi padre en Nueva York al acabar la carrera? Me asusté al oír mi voz. Era el tono de mi madre cuando estaba enfadada pero intentaba disimularlo. 
- ¿Qué cree usted Julia?  Yo no quería creer. Quería respuestas. La verdad. - No lo sé. 
- ¿Acaso tenía elección? Si hubiese regresado a Birmania habría tenido que someterse a los deseos de su tío. Estaba en deuda con él. U Saw había adoptado el papel de padre, y un buen hijo no puede desobedecerlo. En Rangún no le esperaba Li Li, sino una vida planeada al detalle. Una novia joven. Una gran empresa. 

Nueva York era su única opción para librarse de ello. -Me miró como si pudiera ver en mis ojos si me convencía o no-. No olvide  continuó- que de eso hace ya cincuenta años. 

U Saw visitó Kalaw a principios de los años cincuenta. Después de la guerra tuvo muy mala suerte. O, dicho de otro modo, la suerte lo abandonó, lo cual es muy diferente.
- ¿Llegó a conocerlo personalmente? 
- Lo vi una vez, en Rangún. 
- ¿Ha estado usted en Rangún? 
- Pasé mucho tiempo allí, durante mis estudios. Fui un alumno muy aplicado. Un amigo de la familia fue muy generoso con nosotros y financió durante varios años mis estudios en St. Paul High School. Hasta obtuve una beca para estudiar en una universidad inglesa. Me encantaban las ciencias naturales. 
- ¿Estudió usted en Inglaterra? 
- No. Tuve que volver a Kalaw. 
- ¿Por qué? 
- Mi madre enfermó. 
- ¿Algo grave? 
- No. La edad. No le dolía nada, pero la rutina le resultaba cada vez más difícil. 
- ¿No tiene hermanos? 
- No. 
- ¿Ningún otro pariente? 
- Sí. 
Moví la cabeza, incrédula. 
- ¿Y por qué no se ocuparon ellos de su madre? -Era mi deber. Yo era su hijo. 
- Pero ¡U Ba! Su madre no estaba grave. Podría habérsela llevado con usted al acabar los estudios. 
- Mi madre me necesitaba en aquellos años. 
- ¿Tenía que estar bajo vigilancia médica? 
- No, ¿cómo se le ocurre pensar algo así? 
Era un diálogo de besugos. Yo me enojaba más con cada respuesta, pero al mismo tiempo era consciente de que mi lógica no servía para dar más sentido a las palabras. 
- ¿Durante cuánto tiempo la cuidó? 
- Treinta años. 
- ¿Cómo dice? 
- Treinta años -respondió él-. Vivió mucho, para ser birmana. 
Hice cálculos. 
- ¿Entre los veinte y los cincuenta años no ha hecho usted otra cosa que cuidar de su madre? 
- Bueno, no es que estuviera parado…
- No pretendía decir que holgazaneara usted, pero, pero… ¡Una beca en Inglaterra! ¡Habría tenido un sinfín de oportunidades! Ahora era él quien no me comprendía.

No sé qué me indignaba más: si la familia de U Ba, una sociedad que lo obligó a desperdiciar su talento en un pueblo perdido entre las montañas birmanas, o su pasividad. 
 
- Estoy muy satisfecho de mi vida, Julia.  
- No hablábamos el mismo idioma. ¿De verdad no entendía lo que quería decirle? Con cada pregunta que yo formulaba, nos alejábamos un poco más. Yo estaba cada vez más enfadada, y él seguía igual de tranquilo. Como si fuera yo la que había malgastado su vida, y no él. 
- ¿Nunca se arrepintió de haber vuelto a Kalaw? 
- Solo podría arrepentirme de una decisión que tomara consciente y voluntariamente. ¿Se arrepiente usted de ser zurda? Lo que hice se daba por supuesto. Cualquier birmano habría hecho lo mismo en mi lugar. 
- ¿Y por qué no regresó a Rangún tras la muerte de su madre? Quizá aún habría tenido alguna opción de viajar a Inglaterra.
- ¿Para qué? ¿Acaso debemos conocer todo el mundo? 
Todos los sentimientos que el ser humano puede sentir, el amor y el odio, el miedo y los celos, la envidia y la alegría, se encuentran en este pueblo, en cada casa, en cada cabaña. Ni siquiera hay que buscarlos. Basta con verlos. Lo miré a los ojos, y lo que vi me conmovió: un hombre bajo y delgado, harapiento, casi sin dientes, que con un poco de suerte podría haber sido profesor de alguna universidad estadounidense y vivir en una lujosa casa en Manhattan o a las afueras de Londres. Me pareció que uno de los dos exageraba. ¿Sería yo con mis exigencias o él con su humildad?

- Por lo que respecta a las familias y a las obligaciones que tenemos con ellas Birmania es un país muy conservador, tanto entonces como ahora.

Mis padres habrían sido más felices el uno sin el otro, pero lo comprendieron demasiado tarde. Sentí lástima por los dos. Fuera lo que fuese lo que mi padre sintió por mi madre, o el modo en que disfrutó de ciertas horas junto a nosotros, sus hijos, no cabe duda de que no estaba donde debía estar. No estaba con Li Li. 
 
¿Fue culpa suya por acabar cediendo a las súplicas de mi madre? ¿O fue culpa de ella por esperar algo de mi padre que él no podría darle? ¿Fueron tristes coincidencias, juicios erróneos de la personalidad? ¿Vanidades heridas? ¿La incapacidad de olvidar y perdonar? ¿Acaso importaba quién tuvo la culpa? 
 
Continuamos avanzando en silencio. El camino descendía casi imperceptiblemente y realizaba una marcada curva antes de llegar a una zona de vegetación muy agreste.

Miré hacia el patio. Un eucalipto marcaba el límite entre aquella casa y la de los vecinos. La veranda. Estaban a la altura perfecta para un niño. Tardé un rato en formarme una idea a partir de las imágenes aisladas. Ya sabía dónde estábamos. 
 
Me levanté de un salto y me di la vuelta. Oí la respiración de mi padre en la casa. Oí a Li Li arrastrándose por el suelo. Oí sus susurros. Sus voces. Los había encontrado. 
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U Ba empezó a hablar. Cuando el desconocido hubo acabado de narrar su historia, la casa de té se quedó sumida en el más profundo silencio. Podía oírse el flamear de las velas y la respiración de los clientes del establecimiento. No se movió ni un alma. Hasta las moscas dejaron de zumbar. Tin Win había contado lo que debía contar. Después enmudeció. Se levantó, bebió un sorbo de té frío, se estiró levemente y se dirigió a la puerta. Había llegado el momento. Se dio la vuelta una vez más y se despidió. Lo último que vieron de él fue una sonrisa.

Tin Win apretó más el nudo de su longi y descendió por la calle y junto a una estación de trenes, cruzó las vías y subió lentamente la colina en la que se encontraba la casa de Li Li. Estaba seguro de que seguiría viviendo en casa de sus padres. Cada dos por tres se detenía y echaba un vistazo a su alrededor. No tenía prisa. No tras cincuenta años. Ni siquiera estaba nervioso. Dejó de estarlo en el preciso segundo en que el Boeing 737 aterrizó en Rangún. En lugar de nervios, se concedió el lujo de la alegría. Una alegría infinita, absolutamente ajena al miedo o a la precaución, que crecía un poco más a cada instante. Se había entregado por completo a ella, y en esos momentos era tan inmensa que Tin Win apenas lograba contener las lágrimas. Había pasado medio siglo. Se detuvo ante la entrada a un jardín. El olor del eucalipto. Cuántas veces había pensado en aquel árbol. Cuántas noches había pasado en vela, en Nueva York, recordando aquel olor. Abrió la puerta. Cuántas veces se había imaginado aquel momento. 
 
Entró en la casa. Se arrodilló junto a ella. Su voz. Sus susurros. Los recordó. Las manos de ella sobre su rostro. Su piel la recordó. La boca de ella sobre sus labios. Sus dedos la recordaron, y su nariz. Cuánto había echado en falta aquel olor. ¿Cómo había podido sobrevivir sin él? ¿De dónde había sacado la fuerza para vivir un solo día alejado de Li Li? Demasiado que compartir, demasiado que dar, demasiado poco tiempo. 
 
Al amanecer les abandonaron las fuerzas. Li Li se durmió entre sus brazos. El sol no tardaría en salir. Tin Win lo supo por el canto de los pájaros. Recostó la cabeza en el pecho de ella. No se había equivocado. Su corazón sonaba cansado y débil. No quería seguir. Había llegado a tiempo. Por poco.

Un pariente de Li Li los encontró poco antes del mediodía. Ya había ido por la mañana y creyó que dormían. La cabeza de Tin Win yacía sobre el pecho de ella. Los brazos de Li Li rodeaban el cuello de él. Cuando regresó, varias horas después, estaban pálidos y fríos.

El relato de U Ba sobre la muerte de mi padre me pilló desprevenida. ¿Por qué? Tiempo no me había faltado. Pero… ¿cómo puede uno prepararse para la muerte de sus padres, en realidad? Con cada hora que pasé escuchando el relato de U Ba fue creciendo mi confianza. Su relato dio vida a mi padre; me lo presentó más vivo de lo que lo recordaba. Al final lo sentí tan cercano que ya no fui capaz de imaginarme su muerte.
- ¿Creyó que volvería a verlo? -me preguntó. 
Asentí. 
- Lo siento. Es culpa mía. Le di falsas esperanzas. 
- No -le respondí-, al contrario. Sus relatos me lo acercaron de tal modo que no puedo imaginar que haya dejado de vivir definitivamente.

Cuando superamos algo quiere decir que seguimos adelante y dejamos eso atrás, en el camino. ¿Dejamos a los muertos o los llevamos con nosotros? Yo creo que los llevamos con nosotros. Nos acompañan. Siguen con nosotros, aunque de otra forma. Debemos aprender a vivir con ellos, con la muerte.

Yo no tuve que llevar luto por mis padres. Eran mayores, estaban cansados y ya no querían seguir. Habían vivido su vida. Su muerte no fue una agonía. No sintieron dolor. Estoy convencido de que, en el instante en que sus corazones dejaron de latir, eran felices. ¿Hay acaso un modo mejor de morir?

Tardé más en aceptar la muerte de mi mujer. Ella no era mayor, apenas había cumplido los treinta. Acabábamos de construir esta casa y éramos muy felices juntos. 
- ¿De qué murió? 
U Ba pensó mucho rato antes de responder. 
- Esta es una pregunta que aquí no nos permitimos, principalmente porque no solemos contar con una respuesta adecuada. Ya ha visto usted la pobreza en la que vivimos. Puedo imaginar que en mi país la gente envejece antes que en el suyo. La semana pasada el hijo de ocho años de la vecina tuvo fiebre. Dos días después estaba muerto. Andamos faltos de medicamentos con los que combatir hasta las más sencillas enfermedades. La pregunta del porqué, la búsqueda de un motivo para la muerte, es, en estas circunstancias, un lujo. Mi mujer murió mientras dormía. Es lo único que sé.
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Comprendí por qué se quedó con nosotros y por qué se volvió al lado de Li Li al cabo de cincuenta años. Lo que lo retuvo en Nueva York fue más que un mero sentimiento de responsabilidad. Estaba segura. Amaba a su familia, a mi madre, a mi hermano y a mí. A cada uno a su manera. Y amaba a Li Li. Fue fiel a sus dos amores, y le estaba agradecida por ello.

Oí a la recepcionista arrastrándose hacia mí por la sala. Hizo una breve reverencia y me entregó un sobre marrón. Lo había dejado U Ba aquella mañana, a primera hora. Era demasiado gordo para tener sólo una carta. Lo abrí. Contenía cinco viejas fotos coloreadas a mano que me hicieron pensar en postales de los años veinte. Extendí las fotos delante de mí y las estudié de nuevo, una por una.
U Ba. Tuve que mirarlo dos veces para reconocerlo. Al final mi corazón reconoció las semejanzas. Fue un descubrimiento tan sorprendente que hasta me dolió. Tardé varios segundos en admitir el hallazgo inaudito y ser capaz de expresarlo en palabras. Eché cuentas. Vi a U Ba delante de mí. Su nariz aguileña. Su sonrisa. El tono suave de su voz. El modo de rascarse la cabeza. Sabía a quién me recordaba. ¿Por qué no me lo dijo? ¿Tenía miedo de que no le creyera? ¿O estaba en un error? ¿Acaso estaba inventándome su parecido con mi padre? Quise salir corriendo a su casa. No estaba allí. Era ya media tarde. Recorrí la calle principal de un lado a otro y pregunté a todo el mundo por él. Nadie lo había visto. Había estado en la casa de té. Por lo general solía volver, me dijo el camarero, que me reconoció. Pero aquel día estaba seguro de que no volvería, porque era el día 15 del mes. 

Tin Win y Li Li murieron un día 15, y desde hacía cuatro años los habitantes de Kalaw recordaban la muerte de los amantes al atardecer de los días 15 de cada mes. U Ba estaría probablemente de camino a casa de Li Li. Solo tenía que cruzar la vía y seguir a la multitud. Imposible perderse.

Se inclinaban ante el buda y se acercaban a la cama; cerraban los ojos, juntaban las manos y pasaban los dedos por la madera. Como si pudieran despertar así el virus que todos llevamos dentro. 
- La muerte -me había dicho U Ba- no es el final de la vida, sino parte de ella. Todas aquellas personas habrían comprendido a qué se refería.

De pronto vi a U Ba junto a mí. Me sonrió como si nada hubiera sucedido. Quise decirle algo, pero él puso su dedo índice sobre mis labios para invitarme a callar. Miré las llamas y la cama, las flores y a las personas. Había llegado. Había encontrado lo que andaba buscando. 
 
Quise abarcarlo todo, aferrarme a ello, aunque al mismo tiempo supe que no era un regalo que pudiera empaquetar y llevarme de vuelta a Nueva York. Un regalo que no estaba pensado sólo para mí. Era de todos y para todos, de nadie y para nadie. Un regalo que me aportaría fuerza hasta el final de mis días. Llegado de mi padre y de Li Li. El don del amor.
EL ARTE DE ESCUCHAR LOS LATIDOS DEL CORAZÓN:
Jan-Philipp Sendker.

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